Columnas MIRADOR

Mirador

Por Armando Fuentes Aguirre

Fray Pitanza -así llamaban al padre cocinero sus hermanos de comunidad- fue a la aldea a comprar huevos. El superior había prohibido tener gallinas en el corral del convento por el mal ejemplo que el gallo podía dar a los novicios. La mujer que vendía los huevos era de carácter agrio. Así, cuando el frailecito le pidió que le vendiera una docena y le diera uno más por caridad, la vendedora se lo negó con aspereza. -Entonces -le rogó fray Pitanza- hágame el favor de poner los 12 huevos en tres bolsas. La primera, para el padre prior, con la mitad de la docena. La mujer, de mala gana, echó seis huevos en una bolsa. -Otra -siguió el fraile- para el padre portero, con la tercera parte de los 12 huevos. La mujer puso en otra bolsa cuatro huevos. -Y una última -concluyó fray Pitanza-, con la cuarta parte de la docena, para mí. La mujer colocó tres huevos en la bolsa. Feliz con sus tres bolsas se fue el monje. Llevaba en ellas 13 huevos. ¡Hasta mañana!...

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