Columnas

Mirador

Por Armando Fuentes Aguirre

La estatua era de mármol. Mostraba una imagen femenina de extraordinaria belleza. La imagen no era de una diosa. Era mucho más que eso. Era la imagen de una mujer. Cada vez que el hombre pasaba junto a ella rozaba levemente con su mano uno de los hermosos senos de la estatua. Ese rito secreto era un homenaje a la belleza que había en la mujer; a la belleza que hay en todas las mujeres. Jamás dejaba el hombre de cumplir su fervoroso rito: día tras día, al pasar frente a la estatua, ponía con unción su mano en un seno de la mujer-diosa. De la diosa-mujer. Una noche la estatua lo tomó suavemente por el brazo y. ¡Hasta mañana!...

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