Columnas MIRADOR

Mirador

Esta fuente que ves ya no daba agua. Hecha de piedra gris, se había vuelto verde al paso de los años, y luego amarillenta por falta de humedad. Tenía en lo alto una pequeña estatua de Cupido, pero al angelillo se le había caído un ala, y la otra la tenía rota. A mí me daba pena ver aquella fuente. Parecía una tumba en medio del jardín. Daba sus rosas el rosal; florecían las dalias y los crisantemos, y la fuente era una lápida que imponía silencio al canto de la vida. Cierto día un hombre joven y una hermosa muchacha fueron ahí y miraron en un rincón la fuente. Sonrieron ante el Cupido, y ahí se besaron por primera vez. El enamorado tomó un guijarro y grabó en la piedra el nombre de la mujer amada. Esa noche la fuente empezó a fluir de nuevo. Cuando llegó la luz del día el viejo jardinero se asombró al escuchar, junto al canto de las aves, el del chorro del agua de la fuente. La piedra gris tenía ahora matices de azul suave como el azul del cielo. Aquellos enamorados ya no están aquí. Se fueron de este mundo a otro, y ahí siguen amándose. La fuente canta todavía su canción. Y en su piedra el nombre de una mujer nos dice que el amor es eterno. Tiene la eternidad de la vida. ¡Hasta mañana!...

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