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Mirador

Un aciago destino persiguió siempre al poeta Manuel Acuña. En la pobreza vivió sus pocos años -murió a los 24-. Estudiante de Medicina en la Ciudad de México, a veces no tenía ni para comer. Su lavandera, Chole, debía darle un taco para que el infeliz no feneciera de hambre. Ésa fue la menor de sus desdichas. La más grande fue el imposible amor que concibió por la hermosa Rosario de la Peña, amor que finalmente lo llevó al suicidio. El hado adverso siguió a Acuña más allá de la tumba. Al cumplirse el centenario de su nacimiento se llevó a cabo una solemne ceremonia en su ciudad natal, Saltillo. El número principal, por todos esperado, consistía en la recitación del célebre "Nocturno" por Manuel Bernal, "El declamador de América". Al señor se le olvidó el poema después de los primeros versos, y no pudo decirlo. Ahora, a mis años, acabo de memorizar el tristísimo poema. Cuando estoy a solas lo digo en voz alta como desagravio a mi paisano. Entre sus infortunios tuvo el de ser poeta, y a los poetas les debemos todos los desagravios. ¡Hasta mañana!...

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