Columnas La hora de la verdad

Mar de Fondo

Por Benedicto Ruíz Vargas

Ha sido difícil llegar hasta el 1 de julio. La campaña electoral ha sido una jornada larga, larguísima, intensa, llena de contrastes, de debates encendidos y en muchos casos de monólogos aburridos, de discusiones sin fin en la mayoría de los espacios sociales, de propaganda y cientos y miles de spots por televisión, algunos malos y otros con alguna creatividad. Pero, por fin, ya todo terminó. Sólo falta el resultado de las urnas. Anotemos, para cerrar este capítulo, algunos de los rasgos más notorios de esta campaña y en general del proceso electoral, ya sea para reafirmar nuestro voto o para repensar nuestro sufragio del domingo. Primero, a diferencia de otras elecciones que hemos tenido en México en los últimos años, esta vez desde muy temprano se definió un candidato puntero (de acuerdo con la mayoría de las encuestas) que se mantuvo todo el tiempo en esa posición, mientras los otros dos estuvieron compitiendo por el segundo lugar y a una distancia muy lejana del primero. Es decir, no ha sido una elección a tercios, como se había dicho al principio por algunos analistas, sino un proceso con un candidato que se adelanta rápidamente a los demás, sin que haya claramente una disputa o una competencia por la presidencia entre varios contendientes. Segundo, esta situación le imprimió el signo distintivo a esta campaña, lo que indica un movimiento profundo en el estado de ánimo de un porcentaje muy alto de electores. Quizás en este momento es un poco exagerado decirlo así, pero puede tomarse como un punto de inflexión, o como un voto de ruptura con el viejo sistema (político, económico), como no se había presentado antes. Tercero, la ventaja de AMLO se explica por este factor de carácter social y político, pero también por otros más que se volvieron determinantes para colocarlo en una posición inalcanzable como son, por ejemplo, las debilidades y las fracturas al interior del priismo y de manera contundente las profundas divisiones en los grupos hegemónicos panistas. Los candidatos del PRI y del PAN se vieron todo este tiempo desesperados e impotentes, sin poder incidir en el ánimo de los electores, enfrentándose a la gruesa barrera de la desconfianza y el rechazo que en este momento sienten muchos electores contra esos partidos en casi toda la geografía nacional. Varias de sus ideas o propuestas cayeron en ese vacío generado en los últimos años. Cuarto, esto quiere decir que la elección del próximo domingo parece o es un “ajuste de cuentas” de una gran mayoría de electores contra los partidos y los gobiernos que se asocian con la corrupción, la ineficiencia o el enriquecimiento ilícito de los funcionarios así como con el tráfico de influencias, como lo ejemplifican los casos de varios gobernadores hoy en la cárcel o huyendo de la justicia. Algunos políticos, para contrarrestar el poder o la fuerza de este voto, lo han calificado como el voto de los enojados, electores cegados por la ira que buscan dar una especie de manotazo a los viejos partidos, o que empujados por esa rabia buscan un redentor o un líder político que prometa que todo va a cambiar a favor de los más necesitados y oprimidos de este país. Puede haber algo de eso, pero lo cierto es que en el voto de los electores enojados o indignados que hoy rechazan a los viejos partidos y a los políticos de siempre, hay una base social de enormes proporciones, alimentada diariamente por los malos gobiernos y la corrupción que permea al gobierno federal, a los estatales y no se diga a los municipales. De ahí que, finalmente, la votación del domingo puede significar un gran cambio para el país, permitiendo el acceso a la presidencia a un partido distinto al bipartidismo que hemos conocido desde el 2000, y colocando en la silla presidencial a un personaje que ha dicho explícitamente que buscaría cambiar las bases sociales, económicas y políticas en que se ha sustentado el régimen dominado por el PRI y el PAN. Todo esto que parece tan inminente, ha generado en estas últimas semanas una campaña de confusión y de miedo, promovida en gran parte por los partidos y candidatos que tuvieron una cosecha muy raquítica de simpatías políticas, o que temen quedar en una posición electoral tan mala que detonará una crisis más profundas en sus filas y en su futuro político. Lo mejor para contrarrestar todo esto es salir a votar, sea cual sea la opción elegida, pero si es por un voto para cambiar, para buscar un nuevo horizonte para México, hay que hacerlo sin miedo a nada y sin cortapisas de ningún tipo. Es la hora de la verdad. El autor es analista político

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