Columnas Ricardo Anaya: El nudo y la frialdad

Juegos de poder

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Ayer, en Tercer Grado, entrevistamos a Ricardo Anaya. Dos cosas me quedaron claro: el nudo que significa el Frente conformado por el PAN, PRD y MC y la frialdad del candidato. Comienzo con lo primero. Una de las grandes interrogantes de esta elección es cómo sería Ricardo Anaya como Presidente en caso de ganar la elección del primero del julio. Cuál sería su estilo personal de gobernar, las políticas públicas que implementaría y el equipo que lo apoyaría. Las dudas surgen por el escaso currículum que tiene este joven político que ha tenido un crecimiento meteórico estos últimos años. A sus 39 años de edad, Anaya sólo ha ocupado un puesto ejecutivo: subsecretario de Turismo. En muchas ocasiones, el candidato no pudo contestar por el nudo que significa la alianza de diversos partidos que lo apoyan. Es evidente que existen muchos intereses divergentes que le impiden a Anaya tomar posturas francas sobre lo que piensa hacer y con quién. El nudo del Frente hace que se atore. El ejemplo más palpable sea, quizá, sobre el equipo que lo acompañaría como Presidente. López Obrador ya anunció a los integrantes de lo que sería su gabinete en caso de ganar. Meade no lo ha hecho, pero queda muy claro el tipo de gente que estaría a su alrededor. Carlos Urzúa sería el secretario de Hacienda si gana AMLO. Todos saben que, de triunfar, Meade ratificaría en su puesto a su gran amigo, el actual secretario José Antonio González. ¿Y quién sería el encargado de las finanzas nacionales si Anaya vence? No lo pudo decir. Como no pudo decir ningún nombre. Ni siquiera el de su posible jefe de gabinete, puesto que supuestamente ocuparía Miguel Ángel Mancera. Tampoco pudo ser contundente en el tipo de políticas públicas que implementaría donde existen diferencias evidentes entre el PAN y su socios en el Frente (PRD y MC). Ejemplos: la reforma fiscal cuya autoría fue del PRD, pero que el PAN votó en contra; la reforma energética donde el PAN votó a favor y el PRD en contra; los matrimonios igualitarios; el derecho de las mujeres a interrumpir el embarazo. Anaya trató de convencernos que así son los Frentes entre partidos divergentes. Que, a pesar de las diferencias, pueden ser gobiernos eficaces como los de Chile o Alemania. Que sus plataformas tienen que ver más con sus coincidencias que con sus discrepancias. Es cierto. Pero también es cierto lo atrapado que se encuentra el candidato del Frente al estar representando a partidos con ideologías e intereses tan divergentes. Tiene que cuidar todo lo que dice para que no se enoje nadie de los que están ahí adentro. No puede comprometerse de más porque eso rompería los acuerdos. Un nudo que a ratos parece gordiano. Anaya es, sin duda, un político inteligente que no se amilana frente a los grandes retos. Por eso está donde está a sus 39 años de edad. Es uno de los candidatos presidenciales que todavía tiene una probabilidad de ganar. Su característica más palpable es, creo, su frialdad. Se trata de un atributo de doble filo en la política. Por un lado, le permite tomar decisiones y ejecutarlas sin muchos miramientos. Me lo puedo imaginar perfectamente sentado en el despacho presidencial resolviendo complejos problemas sin titubear por los posibles costos que se generarían. Pero, por otro lado, la frialdad también es una cualidad negativa para los políticos en una democracia. No logran conectar con el electorado. Se sienten distantes. Son eficaces, pero no emocionan. López Obrador es un político lleno de contradicciones mas trasmite una enorme pasión. Meade, como lo dije el otro día, está mostrando una enjundia que no se le había visto. Anaya, en cambio, es como un témpano de hielo que es interesante ver, siempre a la distancia. Picado por la curiosidad, le he preguntado a varias personas que conocen a Anaya cómo sería si gana la Presidencia. Todos han coincidido en que se trata de un joven brillante, que se prepara para toda ocasión, que no deja cabo sueltos, que es estratégico y eficaz en la implementación de lo que se propone. La mejor definición me la dio un amigo: “me recuerda mucho a Salinas”. Lo dice alguien que ha trabajado para él y para el Presidente que gobernó México entre 1988 y 1994. Ayer, en Tercer Grado, pude comprobar este parecido, incluyendo la frialdad de dos políticos ambiciosos, extremadamente eficaces en lograr sus objetivos y exitosos a muy temprana edad. Para bien y para mal. * El autor es analista político/profesor investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

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