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"Por el derecho a la libertad de expresión" Ya no suenan las campanas triunfadoras priistas que, elección tras elección, redoblaban a lo largo y ancho de nuestra ciudad y del país. En cualquier campaña electoral las huestes tricolores formaban coros manzana tras manzana, invitando, propagandeando y presentando a sus candidatos a todo aquel que se les atravesara en el camino. Recorrían las colonias desde la mañana hasta entrada la tarde, con el excelente clima que tiene nuestra ciudad en verano, especialmente en el ocaso. El entusiasmo los desbordaba y, de acuerdo con sus estrategias de acción, unos platicaban con los vecinos, otros presentaban a los candidatos casa por casa, y los demás, pegaban propaganda con el rostro de los aspirantes y sus propuestas. Las bardas y cercos de las calles del centro de la ciudad y de las colonias, lucían llenas de propaganda en banderines o en pegas en las paredes. La contabilidad de las casas que aceptaban la propaganda ya daba un balance de votos a favor del éxito. Las oficinas del partido se llenaban al comenzar el día y se cerraban ya muy noche, después que sus integrantes organizaban las actividades del día siguiente, posterior a haberse retroalimentado los equipos con lo hecho en la jornada diaria. Los recursos financieros se derramaban en diferentes negocios por conceptos diversos como alimentos, gasolina, bebidas, uniformes, banderas, etcétera. Los rostros quemados por el sol de los miembros, simpatizantes y contratados para amenizar y dar colorido, mostraban sonrisas y retrataban el triunfo obligado. Todo era fiesta, animación, inventiva dentro del ego reforzado con la seguridad de ser los elegidos de siempre. Eran los tiempos de las vacas gordas. Ahora, este partido se mira desloado, aburrido, sin vibra que mostrar, apocado y sumiso. Sus miembros reflejan el peso de saber que han perdido una elección que aún no comienza, pero que sienten deberían de abandonar. Ser priísta ahora, es motivo de vergüenza y pocos se manifiestan como tal. En los cruceros en los cuales tradicionalmente ofrecen sus calcomanías, papelería o posters, son escasos quienes quieren aceptarlos. Salvo los taxistas que aún no logran ejercer su independencia y son obligados a portar fotografías en las ventanas de sus carros, casi nadie más las trae. A excepción de los funcionarios de primero, segundo y tercer nivel del ayuntamiento. En las oficinas del PRI el pesimismo es la oferta que tiene este partido para la población. Ubicado en pleno centro de la ciudad, y en un edificio histórico -el viejo Cine Tecate- su presencia es obvia. La enorme pared en la cual colocaban una manta de 50m por 20m, aparece desnuda y es prácticamente el rostro de la derrota anunciada y aceptada por este partido, perene impulsor de la corrupción. La increíble distancia a la que se encuentra José Antonio Meade del primer lugar en las encuestas nos hace regodearnos con la idea de que no alcance el mínimo porcentaje para que conserve su registro. Si esto sucede, perderán también los colores de la bandera a los cuales han denigrado con sus prácticas ilegales para ganar elecciones, inclusive cuando las perdieron. A mí en lo particular, como enemigo del PRI, me alegraría la existencia verlo perder de calle, como se vaticina. Vale. * El autor es licenciado en Economía con Maestría en Asuntos Internacionales por la UABC.

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