Columnas Humor dominical

De política y cosas peores

Por Catón  

Ahora que el absurdo nos rodea –la consulta sobre el aeropuerto; el Tren Maya; la resurrección de Elba Esther Gordillo y Napoleón; el nombramiento de Bartlett; el manto de impunidad tendido sobre los que se van; los numerosos antes sí pero ya no de López Obrador– ahora que el absurdo nos rodea, digo, bien vale la pena de narrar un cuento absurdo. La fantasía y el humor son buenas armas para enfrentar una realidad caliginosa –esto es oscura, nebulosa– que no sabemos ya si tira hacia la izquierda o la derecha, hacia arriba o hacia abajo, pero que nos trae inquietos y desasosegados. Ejercitar la risa y la imaginación en estas circunstancias no es evadir la realidad: es plantarle cara y decirle: "Aquí estoy y aquí seguiré". Si nos ponemos melodramáticos eso es lo que México ha dicho siempre cuando la realidad se ha puesto también melodramática. Va, pues, ese relato absurdo. Un cierto circo anunciaba como su mayor atractivo a un artista llamado el Divo Diver, extraordinario clavadista. Sus hazañas, decía la propaganda, eran grandiosas. Se había lanzado a las cataratas del Niágara desde un avión; se tiró un clavado desde lo alto del Empire State al estanque de Central Park, etcétera. Aún así las demostraciones que el Divo Diver hacía en la carpa eran aún más asombrosas. Cuando el circo llegó a la ciudad las localidades se agotaron en una hora. Al comenzar el espectáculo no cabía en la carpa un alfiler. Lo bueno fue que no acudió ninguno. El público siguió con indiferencia la actuación de los payasos; los volatines de los trapecistas; las piruetas de los acróbatas; los sugestivos retorcimientos de la contorsionista; las bravuconadas del domador de fieras. Llegó por fin el momento esperado. "Señoras y señores –anunció el director de pista–: esta empresa se enorgullece en presentar a su máximo artista, ¡el Divo Diver!". Sonó una fanfarria y apareció un gallardo atleta. Iba cubierto por una larga capa de terciopelo negro bordado con lentejuelas rojas. "El Divo Diver –dijo el anunciador– subirá a un trampolín de 10 metros de altura y se tirará de clavado ¡a un barril con agua!". Subió por una escala el clavadista y se colocó en el trampolín. Ahí se despojó de su capa, que dejó caer en medio de un ¡ah! de la muchedumbre. Se oyó redoble de tambores y el Divo Diver se lanzó de cabeza al barril, del cual emergió indemne entre el aplauso de la nutrida concurrencia. "Ahora –dijo el director– nuestro audaz artista subirá a un trampolín de 25 metros de altura y se lanzará de clavado ¡a una cubeta con agua!" Subió al trampolín el Divo Diver y se arrojó al vacío. Cayó en la cubeta y reapareció con una sonrisa de triunfo. El público lo ovacionó de pie, entusiasmado, y se dispuso luego a retirarse. ¿Qué otra hazaña después de ésa podía consumar el clavadista? "Un momento, señoras y señoras –manifestó el director de pista–. Falta todavía lo mejor. El Divo Diver subirá a un trampolín de 50 metros de altura y se tirará de clavado ¡a un trapeador húmedo!". Nadie podía creer aquello. Una joven ayudante puso en el centro de la pista un trapeador, que desplegó con donairoso giro. Seguido por el haz de luz de un reflector el clavadista subió a aquella vertiginosa altura y se colocó en el trampolín. Pidió el anunciador: "Suplicamos al respetable público guardar absoluto silencio, pues la más leve distracción podría costar la vida del artista". En medio de un completo silencio y de la angustiosa expectación de todos se lanzó de clavado el Divo Diver. Cayó en el trapeador y se levantó maltrecho y dolorido, echando sangre por nariz y boca. Exclamó hecho una furia: "¿Quién fue el hijo de la tiznada que exprimió el trapeador?". FIN.

Comentarios