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Columnas Campo libre

De política y cosas peores

Por Catón  

Querido Armando, sobrino querido: te pido que hoy me llames Ociredef. Tan extraño nombre es el de Federico, escrito al revés. En este caso Federico es García Lorca, el más Federico de todos los Federicos que en el mundo han sido. Te diré por qué quiero que me llames de ese modo. Sucede que tu tío Felipe, o sea yo, tuvo una experiencia semejante a la que relató ese gran poeta, sólo que a la inversa. Quizá conoces su famoso "Romance de la casada infiel". Digo "quizá" porque eres joven y todavía no sabes mucho de romances. El que te digo es aquel que Lorca escribió en versos octosílabos. Así se escriben los romances –los corridos también–, pues ocho sílabas son las que se pueden decir en una sola respiración, sin tener que tomar otra. Los versos octosílabos, entonces, son los más naturales. Son los que inventa el pueblo. En aquel romance suyo García Lorca hizo fuerza a la métrica para que su primer verso: "Y que yo me la llevé al río", que tiene diez sílabas, o nueve, contara como de ocho: "Y que yo me la llevealrio". Pero advierto, Armando, que en vez de ir a mi historia me fui a la Retórica. Vuelvo a la narración. García Lorca escribió acerca del gitano que se llevó al río a una mujer joven creyendo que era mozuela –vale decir célibe, doncella– y se encontró con que ya no lo era, pues tenía marido. Yo, sobrino, me llevé a la cama a una casada, y resultó ser virgen. Te diré cómo sucedió tal cosa. Conocí en una fiesta a esa señora. Su esposo me la presentó. Él era director de la mayor empresa en la ciudad. Ocupaba en la sociedad un sitio de importancia. En aquel tiempo yo era soltero. (Nunca he dejado de serlo, pero eso no se lo digas a tu tía). Cuando el marido se fue a conversar con otros señorones, y nos quedamos solos, cortejé discretamente a la señora. Vi que no le disgustaban mis galanteos. Le pedí su teléfono, y no sólo me lo dio, sino además me dijo a qué horas podía hablarle sin peligro. Así me dijo con una sonrisa: "sin peligro". Supe entonces que el campo estaba libre. La llamé al día siguiente, y los demás. Una semana después ya nos tuteábamos. Bien pronto hicimos una cita. Le pedí a un amigo su automóvil y la llevé a un lugar en las afueras. Me sorprendí cuando ella, después de los besos iniciales, empezó a acariciarme con audacia antes de que empezara a acariciarla yo. Me asombró su ardor. Era como si por primera vez tuviera algo de sexo. Un día después fuimos al departamento que el mismo amigo me prestó. En el momento de la entrega me pidió en voz baja: "Hazlo despacio, por favor". Luego añadió con pena: "Soy virgen". Lo era, en efecto. Yo la había tomado por una experta adúltera, y he aquí que era señorita. Me contó que se había casado muy enamorada. La noche de las bodas su marido no pudo hacer lo que debía hacer. Llorando le confesó que era homosexual –entonces no se usaba la palabra gay–, y le pidió perdón por haberla engañado. Se había casado con ella por los convencionalismos de la sociedad y para que no se fuera a descubrir su condición. En esa época los divorcios eran muy mal vistos. La pobre, temerosa del escándalo, calló. A nadie dijo nada de lo que su esposo le había dicho. Sólo le puso dos condiciones: que fuera discreto y que jamás llevara sus parejas a la casa. Vivieron durante años en lo que se llamaba un matrimonio blanco. No había entre ellos más relación que la amistad. Ella explicó la falta de hijos diciendo que no podía tenerlos. Y así hasta que me conoció y no pudo contener ya sus deseos. Nosotros también debíamos ser discretos, dijo. Lo fuimos. Y no me lo vayas a tomar a mal, sobrino. Yo tengo ya bastantes años. También ella. Y seguimos siendo discretos. FIN. El autor es licenciado en Derecho y en Lengua y Literatura Españolas, y cronista de Saltillo.

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