Columnas Fantasmas árticos

Columna huésped

Por Gabriel Trujillo

Los fantasmas, las almas en pena, siempre han sido figuras que lo mismo provocan miedo que fascinación, seres que quieren contar sus historias desde ultratumba y que no aceptarán un no como respuesta. No hablo, entiéndase bien, de esas criaturas fantásticas que la literatura y el cine han utilizado para asustar a su público, sino de los espíritus que viven en nuestra imaginación como enigmas a solucionar y que han llevado a tantos a buscarlos entre ruinas y naufragios. Me refiero a los fantasmas que los arqueólogos pretenden hallar en tumbas y pirámides, que los exploradores indagan en selvas y desiertos, o en el mismísimo fondo del mar: ciudades perdidas, barcos hundidos, civilizaciones desaparecidas, expediciones que se han esfumado de la faz de la tierra y que sólo nos han dejado su leyenda, el misterioso rastro de su ausencia. Los nombres de esas leyendas aún hoy en día se pronuncian con temor y reverencia. Algunos de esos fantasmas han salido a la luz en las últimas centurias: Troya, Babilonia, el valle de los Reyes, Palenque, Herculano, Pompeya, el Titanic. Otros permanecen lejos de nuestros esfuerzos por encontrarlos: las tumbas de Alejandro Magno y de Gengis Khan, la Atlántida, Eldorado, el reino del Preste Juan. Hasta hace poco tiempo había dos fantasmas huidizos en las aguas de América del Norte: los barcos Erebus y Terror. Su historia es tan peculiar como una novela de Julio Verne, como un viaje enloquecido al corazón de las tinieblas. Para entender su desaparición hay que recordar que el siglo XIX fue la centuria de las grandes expediciones a los territorios desconocidos de África, Asia, Australia y Sudamérica. Centenares de expediciones se realizaron para encontrar las fuentes del Nilo y del Amazonas, para hallar tribus ignoradas y ciudades escondidas en medio de paisajes inaccesibles, para encontrar nuevos fósiles de toda especie, incluyendo la nuestra. Fue la época del auge de los dinosaurios y de los antepasados de la humanidad, de los primeros museos de ciencias naturales. Los exploradores no iban a los confines del mundo sólo a plantar la bandera de sus respectivos países sino a estudiar, científicamente, las riquezas naturales y los pueblos que en ellos vivían. El público en general veía a estos personajes, los exploradores, los naturalistas, los arqueólogos, como los genuinos representantes del espíritu de la aventura, como los últimos héroes en un mundo cada vez más uniforme en usos y costumbres. A mediados del siglo XIX, uno de esos confines por descubrir era la región ártica, el Polo Norte. Muchas naciones peleaban por ser las primeras en llegar a él: Estados Unidos, Rusia, Suecia, Noruega, Inglaterra. Los barcos Erebus y Terror fueron parte de una de esas expediciones, la del comandante John Franklin de la Marina inglesa, que salió de Londres en mayo de 1845 con el fin de encontrar un paso seguro por la zona polar al Norte de Canadá, es decir, su propósito era hallar una vía náutica que permitiera cruzar del océano Atlántico al océano Pacífico por la zona ártica, lo que redundaría en un auge económico sin precedentes para la nación que lo lograra. El 26 de julio de 1845 fue la última vez que ambas embarcaciones fueron vistas. Después de eso desaparecieron sin dejar rastro. Por décadas se mandaron expediciones para dar con su paradero. La saga de esta búsqueda es la que cuenta el libro Ice Ghosts (2017) de Paul Weston, una crónica que se lee como una novela de suspenso que abarca 170 años tratando de averiguar qué le sucedió al comandante Franklin y a sus hombres. Y es que en 2014 fueron encontrados los restos del Erebus en las aguas de la península de Adelaida y en 2016 se hallaron los restos del Terror en aguas de la isla del Rey Guillermo, en Canadá. Por ser tan recientes sus descubrimientos aún no se conoce a ciencia cierta qué habrán de revelar sobre el destino final de sus tripulantes. Lo que señala la tradición oral de los nativos de esa región es que al ser atrapados por los hielos, los expedicionarios partieron en barcas y a pie hacia el Sur sin conseguir salvarse ninguno de ellos, aunque se tienen pruebas de que algunos sobrevivieron hasta 1848 en esas inhóspitas lejanías. Watson asegura que esos fantasmas del siglo antepasado no nos dejarán en paz hasta que se cuente, por completo, la historia de su infortunado viaje, hasta que sepamos los detalles precisos de su tragedia. * El autor es escritor y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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