Columnas Los tóxicos y sus toxinas

Águilas y serpientes

Por Rafael Liceaga

La gente tóxica no nace, se hace, y se dedica a dañar, a obstruir, a confundir, etcétera. Las causas de su proceder son una falta de madurez o un exceso de odios, entre otras agravantes. ¿La tarea? Saber cómo enfrentarlos, para que no nos dañen ni a nosotros ni a nuestra sociedad. Las personas tóxicas siempre encuentran el modo de desparramar su negatividad, creando mal ambiente social. Manipulan, mienten, tergiversan y dañan a otros. Crean conflictos. Hoy en México va a gobernar alguien que no es el tradicional, y todos los tradicionales conspiran en su contra, con razón o sin ella, por intereses o por interesados. La clave para actuar ante los tóxicos es no dejarnos manipular ni por los de un bando ni por los del otro, para así neutralizar los efectos tóxicos de unos y otros. Es decir, ante tanta toxicidad en la sociedad, hay que saber quién es bueno y quién es malo, quién actúa con la verdad y quién con mentiras, quién es objetivo y quién está totalmente perdido… o ardido. Hay que mantenernos atentos con quienes quieren imponernos sus ideas, mentiras o patrañas. A la gente tóxica la estamos viendo en las redes sociales, descalificando a todo el que no piense como ella. Tan común es, que hoy en día hay todo un equipo atrás de cada político, trabajando en las redes, para hablar mal de los de enfrente y desprestigiar su trabajo. Ha llegado a tal grado la situación, que ya nadie creemos en nadie. El dilema de Texcoco o Santa Lucía, no es problema técnico, es asunto político y mental, y estamos entre las reacciones de todos. Por inventar que seremos una Venezuela de Maduro, podríamos llegar a ser un Chile de Allende. Todo por suposiciones tóxicas. La obsesión por el poder de mucha gente tóxica los hace hablar mal de los demás o, en algunos casos, de plano hasta cambiarse de bando. Gente que criticaba a unos, ahora resulta que “simpatizan” con otros (con sus honrosas excepciones). Su falta de madurez política, miedo a perder su trabajo y exceso de ambición, nos conduce a seguir perdiendo la credibilidad en nuestra democracia e instituciones. Esta dictadura de los partidos, que a partir de julio pasado pasó de los rojos a las guindas, tendrá que dar paso a mentes innovadoras, que engrandezcan de verdad a México y mejoren la percepción que se tiene de la política. No importa si los nuevos serán jóvenes o viejos, lo importante es que sean íntegros, para regenerar en serio, reimplantando los valores éticos y morales que requiere el manejo político del país. Necesitamos un liderazgo efectivo y respetuoso en la sociedad. Hay que aprovechar esta nueva esperanza. Digamos no a los tóxicos, del color que sean, políticos o empresarios, funcionarios o ciudadanos. Por lo pronto, dejemos que los que van a gobernar lo hagan, y esperemos que lo hagan bien. Y los que se van, que antes de que los juzgue la historia, los revisen unos tribunales. * El autor es asesor administrativo, presidente de Tijuana Opina y Coordinador de Tijuana en Movimiento.

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