Columnas Falta templanza

Águilas y serpientes

Por Rafael Liceaga

A raíz de lo sucedido el primero de julio en las elecciones para la Presidencia de México, hemos visto varios tipos de mexicanos, entre los que podemos contar a los que se pusieron felices; los que siguen como siempre, sin importarles nada, a gusto en su zona de confort; a los que perdieron y se aguantaron, y los que no solo perdieron la elección (o su candidato) sino la templanza. A los que no han superado la contrariedad, no pueden dar vuelta a la página y atacan todo lo que se propone que vendrá, les falta templanza. La templanza es sobriedad. Es la virtud por la que nos damos cuenta de cuáles son nuestras necesidades reales y cuáles son imaginarias, producto de los deseos y el ego. La templanza es la virtud que permite dominar racionalmente los apetitos y moderarnos. La disposición natural al gozo del capricho puede hacernos obrar desordenadamente. La moderación, al mantener y defender el orden en nuestro interior, crea los fundamentos necesarios para hacer el bien. Nuestra existencia consiste en obrar adecuadamente. La falta de templanza destruye la fidelidad del ser humano consigo mismo, lo que paraliza y aniquila la capacidad de decidir y de obrar adecuadamente. El ser humano se insensibiliza para percibir la totalidad de su realidad. Y esto significa el mal uso y corrupción de la prudencia. Todo buen propósito quedará siempre amenazado por la inconstancia. La esencia de la persona virtuosa consiste en vivir abierto a la verdad real de las cosas. El infantilismo de un espíritu desordenado crea seres pusilánimes. Cuando el ser humano pierde esa moderación, disipa su esencia y su energía, y se hace inservible para enfrentar a lo malo, que es lo que causa estragos con los semejantes. Todas las formas de egoísmo van acompañadas de la frustración y de la desesperación, como lo estamos viendo en varias personas que atacan a quienes les ganó en las urnas. Toda búsqueda desordenada del propio ego es un fracaso personal. En estos días y por cuestiones políticas, hemos conocido personas que no son capaces de dominar sus emociones. Hay gente que, cuando se enoja, insulta. Expresar enojo, tristeza, temor, rencor, celos o envidia es algo muy humano, y manifestar tales sentimientos es normal. El problema surge cuando no somos capaces de dominar esos sentimientos y dejamos que sean ellos los que nos dominen. La templanza es un valor que nos ayuda a tener el control sobre lo que sentimos y sobre nuestros instintos. Nos da una buena actitud ante la vida. Por eso ahora, la importancia de las actitudes se vuelve aún mayor cuando enfrentamos cosas que no pueden cambiarse, como lo que les pasó a quienes sufrieron la pena de no ver a su candidato triunfar. La actitud positiva consiste en comprender que, si esos problemas no tienen remedio, nosotros mismos podemos cambiar la forma en que los miramos. La actitud es responsabilidad nuestra. Ojalá y decidamos tener la actitud de sacar todos juntos a México adelante. * El autor es asesor administrativo, presidente de Tijuana Opina y Coordinador de Tijuana en Movimiento.

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