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Columnas Los patéticos obsesionados políticos

Águilas y serpientes

Por Rafael Liceaga

La obsesión es una persistencia de ideas, pensamientos, impulsos e imágenes, que se presentan constantemente y que la persona no puede controlar. Es algo como impuesto contra la voluntad. Esto provoca más obsesión, ansiedad, angustia, fobias, ira y hostilidades. Son actos compulsivos que perjudican la personalidad y, por ende, las relaciones sociales. Ahora, en esta campaña electoral por la presidencia de la República, estamos viendo, especialmente en las redes sociales, una cantidad de obsesionados por su candidato y por descalificar a su rival. Estamos viendo gente que normalmente no actuaría así. Estamos viendo personas furiosas que no reparan en inventar cosas, promoverlas y compartirlas, con una falta total de respeto a las personas que los leen o escuchan. Algunos políticos, sus seguidores y fanáticos, están mostrando, hoy más que nunca, una personalidad obsesivo-compulsiva. La tolerancia desaparece y acaban siendo, con justificación o no, los defensores de la propia “sobrevaloración” de su candidato, y los principales detractores de todos los que no piensan como ellos. Estos extremistas, que ya se han vuelto expertos en el terrorismo mediático, mantienen acusaciones permanentes, niegan errores, faltas y traiciones cometidas entre ellos mismos y contra la gente. Lógico, cuando se les ataca a ellos, fingen ser víctimas de fuerzas hostiles y conspiraciones de los “populistas”, por un lado, o de los de “la mafia del poder” por el otro. La verdad, usted y yo lo sabemos, ninguna de nuestras opciones actuales cambiará el rumbo de las cosas, por más “crema que cada cual le ponga a sus tacos”, y por más “endiablada” que nos pongan la vida y acciones de los otros. Su lucha principal es neutralizar los bandos, los que nos ofrecen la esperanza pero que les llaman populistas, y los que nos ofrecen más de lo mismo y les llaman “la mafia del poder”. Por todo lo anterior, más hartos nos tienen a los ciudadanos. El electorado observa la política con una visión diferente, porque no vive obsesionado por la retórica de ellos. Al contrario, está enfadado. El elector mediano ya es indiferente a la política. La obsesión por la política lleva a agravios y desinformación que afectan a muchos, pero pocos se quieren reformar. Y, por si fuera poco, todo el bombardeo nos lo avientan por las redes sociales, en los noticieros, en periódico, radio y televisión, quienes extienden las coberturas dizque para tenernos más informados, pero la verdad es que cada medio tiene su preferencia y hacia ella nos dirigen. En la lucha por la audiencia se olvidan de que nos tienen hartos. Creen que la gente se sigue chupando el dedo. Todo es una lucha entre los intereses económicos, que ven al ciudadano como cliente y la información como una mercancía más y, por el otro, el poder ideológico-político, que trata de influir para captar votos. El verdadero peligro para México es que ya muy pocos tienen en mente el honor y la credibilidad. Hay que ser más creíbles y menos obsesivos. Ser de fiar, pues. * El autor es asesor administrativo, presidente de Tijuana Opina y Coordinador de Tijuana en Movimiento.

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