Columnas Tan malos ellos como nosotros

Águilas y serpientes

Por Rafael Liceaga

Las campañas indignas, sucias, exageradas y descalificadoras, independientemente del efecto que generan en la población de más hartazgo y desilusión, tienen el fin de destruir al adversario y dañarlo en su reputación y credibilidad. Algo de baja moral que todos los actores políticos la utilizan hoy en día. Eso es perversidad, lo que deja peor a quienes las promueven que a la supuesta víctima. Y eso pasa cuando existe gente vil que es capaz de hacer mucho ruido, como lo estamos viendo ahora en México. Este tipo de campañas sucias son inmerecidas y tienen harta a la ciudadanía. Intentar afectar la honra de otros, utilizar esta forma de comunicación solo fomenta la guerra mediática. Con este tipo de campañas negativas, se pierde la argumentación, la calidad del debate, la propuesta y, con ello, se empobrece la política. Es decir, ¿por qué quejarnos de la pobreza intelectual y moral de los candidatos, si los ciudadanos al ensalzarlos o humillarlos, mostramos la misma bajeza? Las campañas negativas exageradas, como las de ahora, lesionan el conjunto de la política democrática. En nuestro caso, el puntero sigue hasta arriba y los detractores pierden cada día más su credibilidad. Todo esto lesiona el conjunto de la política, el sector más desprestigiado de nuestro México. La campaña negativa expone las debilidades o el rostro malo o desconocido del oponente, en tanto que la sucia es aquella en la que se miente para sacar provecho. En las campañas sucias campea la insidia, alimentando el rumor, la duda, creando suspicacia, manipulando descaradamente declaraciones del rival e inventando relatos, para desinformar o tergiversar. Para los perversos, es lo mismo la guerra sucia que la negativa. Y les importa más hacerle mal al rival que fomentar las cosas buenas de sus candidatos. El ADN de las dos es el mismo: “destruir antes que proponer”. Para la gente decente y correcta, desde luego que hay oportunidades, defendiendo lo que se cree justo, defendiendo su propia honestidad y su propia credibilidad. En México parece imposible recuperar la credibilidad en la política. Porque para ello, se necesita integridad, ética e intenciones buenas. La política debiera ser una “política meditada”, que no negara la “dimensión espiritual” de la persona, que nada tiene que ver con religión sino con nuestros componentes morales. Imaginar que un político se fije en la esencia natural del ser humano, es imposible. Eso les daría la sensibilidad que tanta falta les hace. Es cierto que, para los ligeros de virtudes, ganar es importante, pero los ciudadanos no debemos de permitir que, para ello, nos dejen nuestro sistema hecho ruinas. Ese exceso de agresividad y de mensajes negativos perjudica a la sociedad. En lugar de sus guerritas, deberían de tener propuestas buenas y originales, debates de altura y diálogos constructivos y de acuerdo. Quien no respeta la política del “bien hacer y bien servir”, no merece representarnos. Hay que desenmascarar a los hipócritas que denuncian hipócritas y a los perversos que denuncian perversidades, solo para engañar y disimular. * El autor es asesor administrativo, presidente de Tijuana Opina y Coordinador de Tijuana en Movimiento.

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