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La muerte por amor de Cuchumá

La muerte por amor de Cuchumá

Cuenta la leyenda que el Cerro del Cuchumá, que rodea a Tecate, es en realidad el espíritu de un enamorado que desde su lecho de tierra vigila a su amada convertida en el pintoresco poblado.



Cuchumá era el nombre del joven guerrero, fuerte y gallardo que un día cuando salió al campo y quedó prendado de la bella joven Iztakat.



Iztakat era la más bella de la tribu trashumante, que huyendo del conquistador y después de un largo peregrinaje se asentó en la región.



La hermosa doncella era el orgullo de la tribu Cochimí, piel bronceada, ágil como el colibrí, alegre como el arroyuelo y debido a su belleza y juventud estaba prometida como ofrenda al dios del sol.



Pero un día en la montaña, un joven de una tribu distinta, era Cuchumá, que iba en busca de piñón y venado, la miró y quedó prendado de ella y ella de aquel hombre de cabello oscuro, mirada de tigre y músculos de acero.



“Todos somos como hermanos, mas a ti te está prohibido el acercarte a Iztakat, que es la joya más preciada de la gran raza Corcuar”, le advirtió el Gran Sacerdote de la tribu de la doncella.



La desobediencia


Pero la inquietud que la joven causó en el guerrero lo hizo desobedecer la indicación del sacerdote Cochimí.



En un arrebato de amor, tras días de buscar la oportunidad de hablarle, le envió un recado de amor escrito en la punta de una de sus flechas.



Ella la atrapó con sigilo y le hizo saber con la mirada que correspondía a sus palabras de amor, pero alguien los vio en aquel romance y corrió a avisarle al sacerdote.



La noticia causó gran alboroto y terminó reuniendo a los ancianos para decidir el destino de Iztakat, mientras otros sometían prisionero al fornido guerrero.



“Yo amo a Cuchumá y en mi pecho llevo la flecha con su mensaje aunque la punta de esta me haga sangrar”, dijo Iztakat, cuando el congreso de ancianos le preguntó.



Condenada a muerte por faltar a sus deberes como prometida del padre Sol, Iztakat tomó la flecha de su amado y atravesó su corazón.



Cuchumá desconsolado lloró la muerte de su amada y aprovechando el permiso del consejo de ancianos, cavó una profunda fosa en donde la sepultó.



Pero el dolor de no verla fue más fuerte y renegando perdón a sus dioses tomó la flecha que partió el corazón de su amada y la clavó en el suyo quedando en el mismo sitio donde ella reposaba.



Los dioses, entonces dolidos por aquel trágico final, convirtieron a Cuchumá en una montaña y desde entonces guarda en su seno a Iztakat.



La zona donde quedó la bella joven poco a poco se fue poblando y ahora es el pueblo de Tecate.

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