Tijuana no tiene árboles para trepar
Para crecer sin miedo, niñas y niños necesitan un poco de riesgo.

Para crecer sin miedo, niñas y niños necesitan un poco de riesgo. Esa es la idea central en La generación ansiosa, de Jonathan Haidt, y probablemente la más incómoda para padres, maestros y autoridades: al intentar proteger a nuestros hijos de cualquier caída o golpe, les quitamos justo la experiencia que los vuelve fuertes.
Haidt parte de una observación sencilla. El cerebro funciona en dos modos. En el modo defensa, el niño busca amenazas, se repliega y evita lo desconocido. En el modo descubrimiento, explora, se arriesga, prueba y se equivoca. Ambos son necesarios, pero una niña sana pasa la mayor parte del día descubriendo. La ansiedad, en cambio, es un cerebro atrapado en el modo defensa.
¿Cómo se entrena el modo descubrimiento? Jugando con riesgo. El autor retoma a la investigadora noruega Ellen Sandseter, que identificó las formas de juego arriesgado que los niños buscan por instinto: trepar alturas, alcanzar velocidad, usar herramientas, acercarse al fuego o al agua, luchar en broma y alejarse de los adultos para explorar solos. Cada caída leve, cada susto superado, funciona como una pequeña vacuna emocional. El niño aprende que el miedo pasa, que puede resolver problemas y que no necesita a un adulto para todo.
Aquí entra un concepto que Haidt toma de Nassim Taleb: niñas y niños son antifrágiles. Como los músculos o el sistema inmunológico, se fortalecen con la exposición dosificada al estrés. Si se les priva de ella, no se vuelven más seguros, sino más frágiles.
El problema, es que a partir de los años 2000, los padres cambiaron. Por miedo a secuestros y accidentes, amplificado más por la televisión que por los datos, los niños dejaron de caminar solos a la escuela, de jugar en la calle y de pasar tardes sin supervisión. Los parques se volvieron seguros y aburridos. Cuando llegó el teléfono inteligente, la infancia ya había perdido su espacio natural de aventura. De ahí la paradoja: sobreprotegimos a los niños en el mundo real y los dejamos desprotegidos en el virtual.
¿Qué significa esto para la Zona Metropolitana de Tijuana? Hay que ser honestos: nuestro miedo no es solo una percepción inflada. La inseguridad es real, y ningún padre tijuanense mandará a una niña de nueve años a recorrer la colonia solo porque lo recomiende un psicólogo de Nueva York. Pero esa es precisamente la razón para tomar la investigación en serio. Si la calle no es segura, la pantalla se convierte en la niñera por defecto, sobre todo en hogares donde ambos padres trabajan turnos largos en la industria y pasan horas en traslados.
La respuesta, entonces, no puede ser solo individual. Tiene que ser de ciudad. Necesitamos parques vigilados y bien iluminados, escuelas que abran sus patios por la tarde, recreos más largos y menos estructurados, y programas comunitarios donde los niños puedan trepar, ensuciarse y equivocarse bajo una supervisión discreta, a distancia.
Hay además un argumento económico. Una región que aspira a innovar, emprender y atraer inversión necesita personas que toleren la incertidumbre, que se atrevan a probar y a fallar. Esa tolerancia no se enseña en un aula a los veinte años; se forma en un árbol a los ocho.
Una niña con las rodillas raspadas no es una niña descuidada. Muchas veces es una niña que está aprendiendo a no tener miedo. Tijuana necesita más y mejores empresarios y una persona que crece con miedo nunca será emprendedora.
- *- El autor es Doctor en Economía, Maestro en Desarrollo Regional, profesor-investigador en Cetys Universidad.
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