Algo extraño sucede en el apacible pueblo rural de Hope Harbor. Animales destazados aparecen en el campo. El jefe de policía, Bum-seok (Hwang Jung-min), investiga los hechos, encontrando la pequeña zona céntrica devastada, edificios en ruinas, cuerpos cercenados esparcidos por doquier. Es imposible imaginar qué provocó tal destrucción.
Se escuchan estruendos, vuelan escombros. Un grupo de hombres armados con metralletas persiguen sobre una camioneta a la “criatura” responsable de la tragedia. Bum-seok se une a ellos y lo que sigue es una vertiginosa secuencia de acción salida de lo mejor de Mad Max. Continuando a pie, el policía, que parecía un invencible héroe de acción, se une con un cazador, y juntos se convierten en una torpe e incompetente pareja de comedia.
Na Hong-jin, que previamente había ofrecido una de las películas más aterradoras (En presencia del diablo, 2016), ahora juega con los géneros y los espectadores, en la tradición coreana, saltando del terror a la comedia, de la tragedia a la ciencia ficción.
Nada de su trabajo anterior puede preparar al espectador para el imparable viaje de tres horas que representa Hope, ni los improbables giros en la trama de The Wailing, ni la apabullante sensación de pavor que ésta generó. Hope es algo muy distinto, en el mejor de los sentidos. Y a pesar de sentirse novedosa, la cinta está meticulosamente creada con retazos de otras películas, y recursos de grandes directores. Una vez que embonan todas sus partes móviles, el resultado parece una magnífica colaboración. Como si George Miller, John Carpenter, Ridley Scott y Steven Spielberg participaran en una estrepitosa tormenta de ideas y posteriormente se repartieran los ciento sesenta minutos de pietaje, para cada uno dirigir un segmento de la cinta, dejando espacio aún para la participación de Sam Raimi, Peter Jackson, y los Coen (modo Raising Arizona).
Si todo esto suena tanto espectacular como inverosímil es porque lo es, y esa es precisamente la sensación que Hong-jin logra transmitir al espectador. En un acto de magia cinematográfica, lo envía de vuelta a la infancia, al destilar la esencia de aquellas películas de los setenta y ochenta que transportaban a otros mundos. Donde el terror, la acción, la comedia y la aventura cohabitaban el mismo espacio. Un lugar repleto de espantosos monstruos, imbatibles héroes, crípticos extraterrestres, ridículos clowns y secretos ocultos.
Todos estos elementos corren juntos en una interminable carrera de relevos constantes, donde la comedia absurda alivia la insostenible tensión después de instantes aterradores y sangrientos o de trepidantes secuencias de acción. Y por momentos, todo lo anterior sucediendo simultáneamente.
La cámara jamás se detiene, el movimiento constante es la norma. El excesivo tiempo de duración vuela, porque incluso en las escenas más tranquilas existe la incertidumbre y la comicidad. Quizá el único elemento que podría generar algún tipo de queja, por desvirtuar la experiencia, es la baja calidad del CGI, que, en algunas secuencias, hace parecer a los alienígenas como salidos de un primitivo videojuego. Sin embargo, eso es lo de menos en un trabajo de tal genialidad, y no resulta fuera de lugar a un lado de genuinos momentos Looney Tunes, que recuerdan lo mejor de Raimi, Peter Jackson y los Coen.
En sus secuencias de acción, a diferencia de directores filmbros, Hong-jin domina a la perfección el timing. Sabe en qué momento utilizar la cámara lenta y cuando dar rienda suelta a la acción desmesurada y maravillosamente coreografiada, logrando imágenes en movimiento de absoluta belleza, que parecen salidas de una historieta de Geoff Darrow y plasmadas en la pantalla.
El inesperado giro final vuelca todo de cabeza, y Hong-jin se ríe de las expectativas narrativas y comerciales, para crear una obra de cine puro y absoluto.
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