Brain rot: el grito de auxilio que seguimos ignorando
Los jóvenes no se están volviendo tontos. Están respondiendo, con una lucidez incómoda, a un sistema económico diseñado para agotarlos.

Los jóvenes no se están volviendo tontos. Están respondiendo, con una lucidez incómoda, a un sistema económico diseñado para agotarlos. Esa es la conclusión de un ensayo publicado en The New York Times por Maxi Heitmayer, investigador de la Universidad Rowan.
El brain rot —pudrición cerebral, en traducción literal— es el nombre que la propia Generación Z le dio al estado de quedar atrapado durante horas en un flujo interminable de videos absurdos: cappuccinos que bailan, inodoros que cantan, frutas con músculos. Cada década los adultos descubrimos un medio que “corrompe” a los jóvenes: los cómics, la televisión, los videojuegos. Ahora toca el turno a TikTok e Instagram Reels.
Entrevistaron a jóvenes de 13 a 26 años y encontraron algo distinto al pánico moral. Los jóvenes saben exactamente lo que les está pasando. Describen la manipulación algorítmica con precisión, sienten culpa y agotamiento, hablan de “death scroll” hasta quedarse dormidos. Y casi todos piden lo mismo: regulación. No aplicaciones de autocontrol, sino cambios estructurales, como en su momento se hizo con el tabaco.
Las plataformas venden atención. Cada segundo frente a la pantalla se convierte en ingreso publicitario. En un mercado así, el contenido compite por ser más rápido, más ruidoso y más simple, porque lo simple gana la atención. El brain rot no es un accidente: es el equilibrio de mercado de la economía de la atención.
Un maestro de preparatoria lo resumió en los comentarios del ensayo: ¿cómo compite por la atención de un alumno contra una tecnología perfeccionada por miles de ingenieros con cientos de miles de millones de dólares en juego? Heitmayer le respondió con un dato de un estudio anterior. Al filmar a personas en su vida diaria, encontró que el 89 por ciento de las veces que toman el teléfono lo hacen por iniciativa propia, no por una notificación; lo hacen aproximadamente cada cinco minutos y con frecuencia no recuerdan para qué. No se compite contra un aparato que vibra; se compite contra un hábito construido durante años. Ningún maestro o padre, debería tener que ganar esa batalla solo.
Heitmayer llama anti-gratificación a lo que encontraron: frente a un entorno donde todo intenta venderte algo bajo la máscara de educarte o motivarte, un video que abiertamente no ofrece nada se siente como un descanso. Los jóvenes lo viven como rebeldía. La paradoja es que esa rebeldía sigue generando métricas, datos y ganancias para las mismas empresas.
¿Por qué debería importarnos en Baja California? Porque la atención sostenida es un insumo económico. Es la capacidad que se requiere para aprender un oficio técnico, terminar una carrera, innovar en una planta o participar en la vida pública. Si una generación la percibe como inalcanzable, el costo no es solo emocional: es capital humano que no se forma. Y en una región que compite por talento, ese costo se paga en dólares.
En México casi no se discute el diseño adictivo de las plataformas. Heitmayer propone medidas que no son técnicamente difíciles: medir el éxito por tiempo bien empleado y no por tiempo consumido, transparentar los algoritmos, diseñar para el descanso cuando el usuario ya está agotado. Son comercialmente inconvenientes, y por eso ninguna plataforma las adoptará por voluntad propia.
No estamos ante una generación perdida. Estamos ante una generación que nos pide ayuda con el único lenguaje que el sistema le dejó: el absurdo. La pregunta es si los padres, educadores y legisladores vamos a escuchar.
- *- El autor es Doctor en Economía, Maestro en Desarrollo Regional, profesor-investigador en Cetys Universidad.
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