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¿Quién enfermó a nuestros adolescentes?

En los años dos mil no había señales de una crisis.

Ismael  Plascencia López

En los años dos mil no había señales de una crisis. Las gráficas de salud mental adolescente llevaban décadas dentro de un rango estrecho. Y entonces, de pronto, se doblaron hacia arriba.

La Generación Ansiosa, del psicólogo social Jonathan Haidt, documenta ese quiebre y su causa: entre 2010 y 2015, la infancia basada en el juego dio paso a la infancia basada en el teléfono. En Estados Unidos, la depresión mayor en adolescentes creció 150 por ciento entre 2010 y 2021: se volvió dos veces y media más frecuente. Para 2020, una de cada cuatro adolescentes estadounidenses había tenido un episodio depresivo mayor en el último año. El grueso del aumento ya estaba ahí antes de la pandemia: el COVID solo empinó una línea que llevaba ocho años subiendo.

La objeción evidente es que los jóvenes de hoy simplemente hablan más de lo que sienten. La respuesta está en los datos que nadie autorreporta. Las visitas a urgencias por autolesión en niñas de 10 a 14 años casi se triplicaron entre 2010 y 2020. En las de 15 a 19 se duplicaron. Y en las mujeres mayores de 24 años bajaron. Nadie se corta el brazo por moda estadística. El suicidio en niñas de 10 a 14 años aumentó 167 por ciento entre 2010 y 2021.

Ahí está la primera pista: no le pasó a todos, sino a los más jóvenes, y sobre todo a las niñas.

La segunda objeción es la del contexto: claro que están mal, mire el mundo que les tocó. Haidt responde con fechas. Si la economía fuera la causa, el desplome habría ocurrido en 2009 y la salud mental habría mejorado conforme el desempleo bajaba de 2010 a 2019. Pasó al revés: el desempleo cayó a mínimos históricos mientras la depresión adolescente subía. Y si fueran los grandes traumas del siglo, la generación golpeada habría sido la millennial. No lo fue. El quiebre aparece principalmente en quienes entraron a la pubertad después de 2010.

¿Y en México? Entre 2000 y 2024, la tasa mexicana de suicidio en personas de 10 a 17 años se duplicó, de 2 a 4 por cada cien mil. En 2024 murieron por suicidio 727 niñas, niños y adolescentes. No tenemos aún una serie estatal fina para Baja California, y esa ausencia es parte del problema: legislamos a ciegas sobre la salud mental de nuestros adolescentes.

Lo contundente no es ninguna gráfica sola, sino que todas coincidan: autorreportes, urgencias, hospitalizaciones y actas de defunción, en países distintos, quebrándose en la misma ventana de cinco años. Y esa ventana es, en país tras país, aquella en que el teléfono con cámara frontal y las redes sociales llegaron a los bolsillos de los menores de edad.

Ante un cambio de esa magnitud, la reacción sensata no es pedirle a cada familia que lo resuelva sola en su cocina. Es poner una regla común. A ninguna madre le exigimos negociar por su cuenta con la tabacalera la edad a la que su hijo puede comprar cigarros: hay una edad mínima y una sanción para quien la incumpla. Con las redes sociales, diseñadas para retener la atención de un cerebro de doce años, seguimos “sin hacer nada”. Corregir esa anomalía en Baja California es el propósito de esta columna a través de la concientización y acción colectiva sobre el impacto de los smartphones y las redes sociales.

  • *- El autor es Doctor en Economía, Maestro en Desarrollo Regional, profesor-investigador en Cetys Universidad.

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