El Imparcial / Columnas /

¿De qué color es la lealtad?

La Presidente Claudia Sheinbaum presentó una iniciativa que propone que quien aspire a la Presidencia de la República, a una gubernatura o a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México no tenga otra nacionalidad y, si la tiene, renuncie a ella antes de registrarse como candidato.

Pepe  Avelar

La Presidente Claudia Sheinbaum presentó una iniciativa que propone que quien aspire a la Presidencia de la República, a una gubernatura o a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México no tenga otra nacionalidad y, si la tiene, renuncie a ella antes de registrarse como candidato.

El argumento es entendible: quien gobierna México debe tener una lealtad inequívoca hacia México.

Hasta ahí, difícilmente podría estar en desacuerdo.

La duda empieza cuando pretendemos medir esa lealtad por el color del pasaporte. Pensemos en alguien que nació con dos nacionalidades, mexicana y estadounidense. Ha vivido 50 años en México. Aquí estudió, formó una familia, creó empresas, generó empleos, pagó impuestos y desarrolló toda su actividad profesional y social. Sus negocios pueden incluso ser internacionales, pero tienen su origen y centro de operación en México.

¿Es menos leal a México porque conserva un pasaporte estadounidense?

La iniciativa parece responder que, al menos para gobernarnos, esa posibilidad de doble lealtad debe desaparecer jurídicamente.

Y el argumento no es absurdo

Vivimos además una coyuntura particularmente complicada en nuestra relación con Estados Unidos. Las discusiones sobre seguridad, narcotráfico, soberanía e intervención extranjera explican la preocupación presidencial: quien encabece el Estado mexicano no debería tener ningún conflicto respecto de qué intereses representa.

Pero una cosa es eliminar una posible doble lealtad jurídica y otra demostrar la lealtad real.

Estados Unidos, por ejemplo, exige a quien aspire a la Presidencia ser ciudadano de nacimiento y haber residido al menos 14 años en ese país. Francia, Canadá, Reino Unido o España no consideran automáticamente que tener otra nacionalidad descalifique a una persona para alcanzar las más altas responsabilidades políticas. Australia, en cambio, es mucho más estricta y exige desprenderse de la ciudadanía extranjera para integrar su Parlamento.

No hay, pues, una verdad democrática universal.

Por eso quizá deberíamos discutir también el arraigo.

Dónde vives. Dónde están tus intereses. Dónde produces. Dónde pagas impuestos. Dónde has construido tu vida. Y, sobre todo, dónde sufrirás o disfrutarás las consecuencias de las decisiones que tomes.

Porque entonces aparece una paradoja mexicana interesante.

Un mexicano con doble nacionalidad que lleva décadas viviendo permanentemente en Estados Unidos puede conservar su derecho a votar desde allá para decidir quién será Presidente de México.

Pero otro mexicano con doble nacionalidad que lleva décadas viviendo, trabajando, invirtiendo y pagando impuestos en México tendría que renunciar a su segunda nacionalidad para aspirar a es emismo cargo.

No digo que debamos quitarle al primero un derecho conquistado ni que debamos permitirle todo al segundo. Digo que vale la pena preguntarnos si estamos utilizando la misma lógica para determinar quién puede decidir y quién puede gobernar.

Chavela Vargas, nacida en Costa Rica

y mexicana por elección y sentimiento, dejó aquella maravillosa irreverencia: “Los mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana”.

Quizá tenía razón en algo más profundo.

La pertenencia a un país no siempre cabe en un pasaporte.

Si queremos garantizar que quien gobierne México tenga absoluta lealtad hacia México, discutámoslo. Exijámosla.

Pero antes habría que responder una pregunta:

La lealtad se demuestra renunciando a otro pasaporte o construyendo aquí tu vida?

*- El autor es un opinólogo tijuanense enamorado de su ciudad.

Sigue nuestro canal de WhatsApp

Recibe las noticias más importantes del día. Da click aquí