El derecho a descansar la vista
Mañana, cuando salgas de tu casa, haz un pequeño ejercicio.

Mañana, cuando salgas de tu casa, haz un pequeño ejercicio. No enciendas la radio. No tomes el teléfono. Simplemente observa.
Ve al trabajo, lleva a tus hijos a la escuela o pasa por un café. Recorre la ciudad como cualquier otro día, pero intenta mirar aquello que normalmente ya no ves.
Antes de llegar a tu destino habrás visto cientos de anuncios, pantallas, lonas, carteles, cables, promociones y letreros de todos tamaños. Lo más inquietante es que casi ninguno habrá llamado realmente tu atención… y, aun así, todos habrán competido por ella.
Prácticamente no existe un solo momento en que la vista pueda descansar.
Un espectacular da paso a otro. Después las pantallas electrónicas, los pendones, las bardas pintadas, los anuncios luminosos y los paraderos del transporte cubiertos de publicidad. Los negocios compiten por llamar tu atención con colores, luces y tipografías cada vez más llamativas. A ello se suman estructuras abandonadas, anuncios políticos que nunca fueron retirados, postes saturados de avisos y un cableado interminable que termina ocultando el cielo.
La ciudad parece haber perdido el silencio… al menos el silencio visual.
Cuando pensamos en contaminación imaginamos humo, basura o aguas negras. Casi nunca pensamos en la que entra todos los días por los ojos.
Sin darnos cuenta, nuestro cerebro procesa de manera constante cientos de estímulos visuales. Aunque creemos ignorarlos, siguen ahí, exigiendo una parte de nuestra atención. La psicología ambiental ha demostrado que los entornos visualmente saturados aumentan la carga mental y el estrés, mientras que los espacios abiertos, el arbolado y los paisajes despejados favorecen la calma y el bienestar.
Quizá por eso, cuando visitamos una ciudad más ordenada o simplemente caminamos por un parque, sentimos una tranquilidad difícil de explicar. No siempre es el clima. Muchas veces es la sensación de que, por fin, la vista encontró un lugar donde descansar.
En Tijuana ocurre exactamente lo contrario.
Salimos de casa y encontramos publicidad. La vemos durante el trayecto, en el transporte, en las esquinas, en los comercios y hasta de regreso, cuando alguien deja un volante atorado en la puerta del garaje o una bolsa con promociones que terminará directamente en la basura. No hay escapatoria. Hemos normalizado vivir en una ciudad donde todo intenta llamar nuestra atención al mismo tiempo.
No se trata de estar en contra del comercio ni de la publicidad. Ambos forman parte de la vida económica de cualquier ciudad. El problema aparece cuando la suma de todos esos elementos termina por saturar el espacio público y afectar la calidad de vida de quienes lo habitamos.
Las ciudades también necesitan pausas. Así como la música necesita silencios, una ciudad requiere espacios donde la mirada pueda descansar.
Tal vez ha llegado el momento de pensar en una verdadera descontaminación visual de Tijuana. No para prohibir la publicidad, sino para reducir excesos, retirar estructuras abandonadas, recuperar fachadas, limpiar el mobiliario urbano, eliminar cableado en desuso y devolverle protagonismo al paisaje.
Porque la calidad de vida también se construye con aquello que vemos todos los días.
Quizá el verdadero progreso no consista en llenar cada espacio disponible con un mensaje comercial, sino en recuperar algunos para el paisaje, para la arquitectura, para los árboles… y para nosotros mismos.
Porque descansar la vista también es una forma de vivir mejor.
- *- El autor es un opinólogo tijuanense enamorado de su ciudad.
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