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La mayoría también se equivoca

Después de más de 20 años haciendo encuestas en todo México, he aprendido algo que le molesta por igual a políticos, opinadores y empresas: que muchas personas piensen lo mismo no significa que tengan razón.

Ariosto Manrique Moreno

Después de más de 20 años haciendo encuestas en todo México, he aprendido algo que le molesta por igual a políticos, opinadores y empresas: que muchas personas piensen lo mismo no significa que tengan razón.

Una encuesta mide lo que la gente cree, desea, teme o rechaza en un momento determinado, no es un certificado de la verdad. El porcentaje no convierte una ocurrencia en conocimiento ni una opinión en la solución a los problemas de nuestro país, cincuenta y uno por ciento de ignorancia sigue siendo ignorancia, aunque gane por mayoría absoluta.

Siempre he creído que la democracia es, probablemente, el sistema menos malo que hemos inventado para cambiar gobiernos sin matarnos. Pero de ahí a tratarla como una fábrica automática de decisiones correctas hay un océano. Alexis de Tocqueville escribió mucho sobre la “tiranía de la mayoría”: ese instante en que muchos creen adquirir el derecho de aplastar al individuo simplemente porque ganaron una votación “democrática”.

La historia nos da ejemplos bastante menos simpáticos que una encuesta mal hecha.

En el año 399 antes de Cristo, un jurado ciudadano de Atenas condenó a Sócrates por corromper a los jóvenes enseñándoles técnicas de cómo plantearse dudas y de no respetar a los dioses de la ciudad. La estimación histórica más aceptada habla de 280 votos contra 221. Ganó la mayoría. Perdió la filosofía.

En 1959, Suiza consultó a sus electores —todos hombres— si las mujeres debían votar en elecciones federales. El 70% respondió que no. La voluntad popular decidió que la mitad de la población todavía no merecía voluntad política. Las mujeres suizas obtuvieron ese derecho federal hasta 1971.

En 1919, Estados Unidos aprobó la Ley Seca mediante una reforma constitucional impulsada por una amplia mayoría política y social que prometía reducir la violencia, la pobreza y el alcoholismo. La mayoría creyó que prohibir el alcohol resolvería el problema. Ocurrió lo contrario: florecieron el mercado negro, las mafias y el crimen organizado. Trece años después, en 1933, la prohibición fue derogada mediante la Vigésima Primera Enmienda. La mayoría no había actuado con mala intención; simplemente se había equivocado.

Tres mayorías. Tres decisiones legales o socialmente respaldadas. Tres errores vistos desde el futuro.

Por eso no todo debe decidirse a mano alzada. Los derechos fundamentales y la evidencia observable no tendrían que depender de la ideología de un partido, la popularidad de un gobernante ni la audiencia de un influencer.

Luego aparecen ciertas faunas digitales que confunde volumen con inteligencia: Diego Ruzzarin, por ejemplo, ha hecho de la provocación una industria y del sermón ideológico un espectáculo. No tiene nada de malo criticar al capitalismo; criticarlo es legítimo, el problema comienza cuando la pose intelectual pretende sustituir argumentos y quien discrepa es tratado como imbécil o ignorante. Para pensar y debatir no necesitas sonar complicado, a veces el rollo y la paja también utilizan palabras de cinco sílabas, micrófonos profesionales y millones de reproducciones.

Hay cosas que ninguna mayoría debería poder decidir ni con todas las encuestas del mundo a favor: nadie debería perder su libertad, su patrimonio o el derecho a pensar diferente nomás porque más personas votaron que sí.

Sería muy maduro de nosotros que, la próxima vez que nos demos cita para ir a votar, también veamos primero qué estamos a punto de quitarle al que decidió no hacerlo.

Las encuestas son útiles, sí, y la democracia también. Pero ninguna debería convertirse en religión.

*- El autor es director de Testa Marketing, investigación de mercados.

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