Serán contados los que puedan acudir a un partido del mundial. Son un abuso los precios considerando que se trata de un deporte popular, en todos sentidos. Yo soy de esos bichos raros que nunca ven futbol ni otro deporte en la pantalla. Ignoro datos y nombres propios, pero no me es ajeno por lo que representa para la mayoría de los mexicanos. Da la impresión que Trump engañó a la FIFA, y hasta a nosotros. No el apoyo prometido para estos días por Trump, se juntaron por tener algo en común, la avaricia. Aunque es posible sea tanta la afición que se desentenderán de todo esto y se concentrarán en verlo en la transmisión con comerciales de Televisa o TV Azteca, y al final disfruten mucho. Pero no siento lo que experimenté en otros mundiales en México, ahora algo desangelado, “so far”. Son momentos en que todos some aunque no queramos, todos uno. Conforme la selección nacional avance la fiesta será mayor, y lo más probable es que nos quedemos “cerquita”. Hay una buena dosis de orgullo narcisista nacional en juego. La depresión sucede al descalificarse. Lo importante es la euforia y paz. Esperemos no haya obstáculos en el camino. El simple hecho que la selección de Irán entrene en Tijuana es todo un síntoma. Trump está tan zafado que disfrutaría mostrar su poder mediante el desprecio, es triste que esté el campeonato en sus manos, como el trofeo, el premio FIFA a la paz. Me emociona ver la emoción de mi derredor y ya siento los pasos del mundial, la efímera y apasionada unidad nacional. Estaré al pendiente de superar el quinto partido, esa barrera psicológica de los octavos de final, que ahora será más larga. En México tenemos cierta necesidad de ser reconocidos, de estar a la altura internacionalmente, parte de una realidad, pero también de un complejo típico de país que se forjó siendo una colonia. Deseo no toque contra los vecinos, la euforia se convertiría en posibilidad de venganza, no sé a qué precio. Nos enteraremos de algo de los países que enfrente la selección, pero el enemigo siempre será el mismo, el otro. Miles de millones de personas alrededor del planeta se olvidarán de lo que sucede y tendrán la cabeza en el desempeño de las selecciones nacionales. No importa que no se esté en el estadio, los gritos serán los mismos. Como diría Theodor Adorno, una genuina pasión popular explotada comercialmente, les vendemos nuestra atención a cambio del partido. Sería magnífico hubiera un campeonato mundial alternativo sin fines de lucro, con un par de campeones del mundo la armarían. Finalmente, que gane México es lo más importante.
- *- El autor es siquiatra y ejerce en Tijuana.
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