Basada en el cuento corto del mismo nombre (publicado en El último deseo, 20000), Amarga Navidad de Pedro Almodóvar, completa una especie de pentalogía de autoficción del director, conformada por La ley del deseo (1987), piedra angular de su filmografía, La flor de mi secreto (1995), La mala educación (2004) y Dolor y Gloria (2019). En cada una de estas cintas el manchego incluyó retazos de su pasado, como pistas para armar un rompecabezas en donde es necesario discernir la verdad de la ficción. Es Dolor y Gloria la que más se aproximó a un relato autobiográfico, incluso modelando el aspecto de Antonio Banderas en la característica imagen del director.
Para Amarga Navidad, que fue presentada con el título Autofiction en Francia, y durante el festival de Cannes recibió una ovación de siete minutos, Almodóvar ha creado un relato que mezcla la realidad con la ficción, hilvanándolas a través de una narrativa que entra y sale, del guión que escribe un director de cine a la realidad que él mismo vive, y de la que toma “prestados” acontecimientos, para alimentar la narrativa de lo que será su siguiente proyecto.
La historia, inicia con Elsa (Bárbara Lennie), una directora que, después de dos cintas de culto, se ha dedicado a la publicidad. La encontramos en el momento que sufre un ataque de ansiedad que la envía a la sala de urgencias, obligándola consiguientemente, a realizar una pausa necesaria. Su decisión de viajar a Lanzarote con su amiga Patricia (Victoria Luengo) resulta en una serie de eventos que complicarán su relato…
Mismo relato, que se revela, es en realidad un guión que está escribiendo, el segundo protagonista de la cinta, Raúl Durán (Leonardo Sbaraglia), un afamado director de cine, que después de atravesar una sequia creativa, finalmente recupera la llama para volver a encarar un nuevo proyecto. Raúl es el alter ego de Almodóvar, y el vehículo a través del cual verterá lo que ha callado durante años, en que su cine se ha vuelto cada vez más estéril y hermético. De la misma manera en que Raúl transfiere sus experiencias a Elsa, para desembarazarse de ellas, aunque eso signifique vampirizar las vidas de los que lo rodean, Almodóvar pierde el pudor y hace lo propio.
Como dice Patrica “el cine tiene algo de premonitorio”. En este sentido, Raúl/ Almodóvar, en una profecía autocumplida, se convierte, abiertamente, en alguien como Pablo (Eusebio Ponsela) de La ley del deseo, que escribía sobre las experiencias de su hermana, ante una explosiva reacción, “Te prohíbo que toques el menor acontecimiento de mi vida…” palabras que son repetidas casi textualmente en Amarga Navidad.
Esto, hace de la película una matrioska narrativa, en la que un relato es parte de otro y este, a su vez, es una versión de la realidad del cineasta. Tres creadores tratando de lidiar con su verdad a través de la ficción.
Aunque se trata de algo ya trabajado en las cuatro cintas anteriormente mencionadas, está vez Almodóvar es brutalmente honesto consigo mismo, aceptando lo que es bien sabido desde hace ya casi dos décadas, pero que nadie se atreve a decir en voz alta, que el director manchego, “hace tiempo que ha perdido la gracia”. Y es que, encerrado cada vez más dentro de sí mismo, es difícil encontrar algo de que alimentarse, la movida se ve ya muy distante en el retrovisor y las adaptaciones literarias, y sobre todo las incursiones al idioma inglés han resultado en artificiales experimentos antisépticos.
Amarga Navidad cierra un largo episodio en la filmografía de Almodóvar, que, echando mano de la nostalgia y la melancolía, el melodrama y la autobiografía, se exprime a sí mismo de su autocompasión, encontrando bríos para iniciar de nuevo.
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