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La estupidez de creer encuestas de redes

Cada proceso electoral revive la misma epidemia: personas compartiendo “encuestas” de redes sociales como si fueran estudios serios.

Ariosto Manrique Moreno

Cada proceso electoral revive la misma epidemia: personas compartiendo “encuestas” de redes sociales como si fueran estudios serios. Un formulario en internet, una votación en historias de Instagram, un sondeo en Facebook o una encuesta de X con 800 clics se presenta como si revelara el destino de una ciudad, un estado o un país.

Y sin embargo, abundan quienes las promueven con solemnidad, gente que presume criterio, experiencia o hasta liderazgo público, pero cae rendida ante cualquier gráfica de colores.

Después de más de 25 años midiendo campañas, puedo decirlo con claridad: pocas cosas exhiben tanto la ignorancia política como tomar una encuesta en línea en serio.

¿Por qué no sirven?

Primero, porque no representan a la población. Participa quien quiere, quien la vio, quien tuvo tiempo, quien pertenece a cierta red social y quien además sintió ganas de picarle.

La World Association for Public Opinion Research (WAPOR) de la cual fui miembro hace varios años, ha advertido durante décadas que las muestras de autoselección en línea no permiten inferir resultados al universo total, porque los participantes no fueron seleccionados de manera probabilística. Para que me entiendan: responde quien se le paga la gana, no quien representa.

Segundo, porque son fácilmente manipulables. Equipos de campaña pueden mandar simpatizantes, organizar grupos de WhatsApp, usar varias cuentas o movilizar estructuras para “reventar” la votación. No miden opinión pública, miden, en el mejor de los casos, capacidad de acarreo digital.

Tercero, porque cada red social tiene sesgos propios. No piensa igual la audiencia de TikTok que la de Facebook, ni la de X que la de LinkedIn. Pretender que una plataforma refleja al electorado completo es como medir el clima viendo solo una ventana.

Cuarto, porque casi nunca existe control metodológico. No hay muestra probabilística, filtros demográficos robustos, ponderación seria, supervisión de calidad ni validación de identidad. En términos simples: no sabes quién respondió, cuántas veces respondió o si siquiera existe.

El profesor Herbert Asher, uno de los autores clásicos en opinión pública y encuestas electorales, ha dicho que “la calidad de una encuesta depende del diseño muestral, la redacción de preguntas y el control de sesgos. Quitar eso y dejar solo clics no produce conocimiento: produce ruido.”

Y aun así abundan los idiotas diciendo: “Mira, ya va arriba”. Esa persona merece ser sujeto de estudio clínico, la neta. Hay personas que desconfían de médicos, economistas o ingenieros, pero creen ciegamente en una encuesta de Instagram hecha entre memes y recetas.

Lo más grave no es la encuesta patito. Lo más grave es quien la difunde sabiendo—o peor aún, sin saber— que engaña. Porque demuestra dos posibles defectos: mala fe o estupidez estadística. Una encuesta profesional, o por lo menos seria, informa margen de error, tamaño de muestra, fechas de levantamiento, método de contacto, empresa ejecutora y diseño muestral.

Cada elección deja el mismo desfile de tarados compartiendo sondeos digitales como si fueran verdad revelada. Luego llega la jornada electoral y descubren que los likes no votan, los bots no sufragan y la ignorancia es la gran ganadora en las boletas.

*- El autor es Director de Testa Marketing, investigación de mercados.

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