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Proceso ‘atorado’

Donde se están tomando su tiempo con los procesos de control de policías es en Sindicatura Municipal de Rosarito.

Agua  Caliente

Donde se están tomando su tiempo con los procesos de control de policías es en Sindicatura Municipal de Rosarito.

A un año de las evaluaciones del C3, el hecho de que 21 expedientes siguen “atorados”, mientras otros ocho agentes con resultado negativo ni siquiera han sido notificados, revela una falla estructural.

No basta con evaluar, ni con detectar irregularidades; si el sistema no es capaz de concluir los procesos, la depuración se queda a medias y pierde credibilidad.

El propio secretario de Seguridad Ciudadana de Rosarito, Héctor Manzo Ruvalcaba, ha reconocido los avances, pero también ha evidenciado el cuello de botella institucional. Y es ahí donde la responsabilidad deja de ser técnica para convertirse en política y administrativa. La falta de respuesta del síndico Ricardo Bejarano no solo retrasa expedientes: prolonga la incertidumbre dentro de la corporación.

El problema de fondo es claro: mientras no se resuelvan estos casos, existe la posibilidad de que elementos no aptos sigan en funciones o, al menos, en un limbo legal. Eso impacta directamente en la confianza ciudadana, en un contexto donde la seguridad pública depende tanto de la capacidad operativa como de la legitimidad institucional.

La depuración policial no es un evento, es un proceso. Pero cuando ese proceso se estanca, envía un mensaje peligroso: que las reglas existen, pero su cumplimiento es negociable o, peor aún, evitable.

En materia de seguridad, los vacíos no son neutros. Siempre los llena alguien. Y en este caso, el riesgo es que lo hagan la impunidad y la desconfianza.

SIN ACUERDO

Ayer las conversaciones sobre alto el fuego entre Estados Unidos e Irán terminaron sin concretar un acuerdo.

El desenlace era previsible debido a las posturas y demandas en las negociaciones de ambos Gobiernos que se realizaron en Islamabad, Pakistán.

Cuando el vicepresidente estadounidense, JD Vance, afirma que se negoció “de buena fe”, lo cierto es que ambas partes llegaron con posturas prácticamente inamovibles. Para Donald Trump, presidente de Estados Unidos, la prioridad es clara: impedir cualquier posibilidad de que Irán desarrolle un arma nuclear, incluso en el largo plazo. Pero esa exigencia implica en los hechos pedir a Teherán que renuncie a una de sus principales cartas de poder estratégico.

Por otro lado, Irán no negocia únicamente un programa nuclear, sino su posición en el tablero internacional.

Hay un elemento adicional que no puede ignorarse: el contexto bélico. Con una guerra en curso y un alto al fuego apenas sostenido, cualquier concesión puede interpretarse como debilidad. Y en política internacional, la percepción pesa tanto como los hechos.

Así, el fracaso de estas 21 horas de negociación no cierra la puerta al diálogo, pero sí eleva el costo de retomarlo. Porque cada intento fallido endurece posturas, reduce la confianza y acerca, poco a poco, el escenario que todos dicen querer evitar.

La diplomacia sigue viva, sí. Pero cada vez con menos margen para evitar que la tensión escale a algo mayor.

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