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La crisis alimentaria que se aproxima

Los precios de los fertilizantes se disparan por las disrupciones en Medio Oriente.

Ismael  Plascencia López

Los precios de los fertilizantes se disparan por las disrupciones en Medio Oriente, poniendo en riesgo la seguridad alimentaria global.

La conversación sobre las consecuencias económicas de la guerra en Irán se ha centrado en el petróleo. Ese enfoque es comprensible, pero peligrosamente incompleto. El choque que llegará a la mesa de las familias desde Tijuana hasta Tapachula no tiene que ver sólo con el combustible. Tiene que ver con los fertilizantes.

Casi un tercio de los fertilizantes del mundo transita por el Estrecho de Ormuz. La mayor parte se sintetiza a partir de gas natural, y Medio Oriente es la segunda región productora más grande después de Rusia. Con el tránsito restringido a un corredor controlado por Irán —con códigos de autorización y escolta militar—, los suministros se acumulan, los precios se disparan y las consecuencias se propagan por cada economía agrícola del planeta.

Las cifras son alarmantes. La urea ha subido aproximadamente 50 % y el amoniaco alrededor de 20 %. Plantas de fertilizantes en India, Argelia y Eslovaquia han cerrado o reducido operaciones. China ha impuesto restricciones a la exportación. En Estados Unidos, el USDA proyecta que la superficie maíz caerá de 99 a 93 millones de acres porque los agricultores están girando hacia la soja —menos intensiva en nitrógeno— como estrategia de supervivencia.

Rusia, el mayor exportador mundial, está maniatada por ataques ucranianos a sus fábricas y puertos. La OMC ha descrito el momento actual como la peor disrupción al sistema comercial mundial en ochenta años.

Los cultivos más vulnerables son maíz, trigo y arroz —los tres granos que alimentan al planeta— por su alta dependencia del nitrógeno. El Programa Mundial de Alimentos estima que 45 millones de personas adicionales podrían caer en inseguridad alimentaria aguda si el conflicto no termina antes de mediados de año. Sudán importa el 80 % de su trigo. En Somalia, los precios de productos esenciales ya subieron 20 %. Las proyecciones indican aumentos de hambre extrema del 24 % en Asia y del 21 % en África Occidental.

En México importamos volúmenes significativos de fertilizantes, y nuestro sector agrícola —bajo presión por escasez de agua y la renegociación del T-MEC— absorberá estos costos. Si los precios globales de alivo mentos suben, la presión inflacionaria regresa a una economía que lleva dos años luchando por controlarla. En el corredor Tijuana-San Diego, donde las cadenas de suministro son binacionales por naturaleza, los agricultores estadounidenses trasladarán sus mayores costos a lo largo de la cadena de valor, encareciendo el comercio transfronterizo de alimentos de ambos lados.

En México, el Consejo Nacional Agropecuario ya reporta un aumento del 25 % en el precio de los fertilizantes. Los productores advierten que el traspaso a precios finales es inminente. La tortilla —ese termómetro infalible de la economía popular— se vende hoy en Tijuana y Mexicali a 32 pesos el kilo. Si el conflicto persiste y los costos de producción siguen escalando, analistas estiman que la inflación alimentaria podría subir dos puntos porcentuales adicionales. Para una familia mexicana que ya destina más de un tercio de su ingreso a comer, eso no es un dato macroeconómico, es un fuerte impacto al bolsillo de la economía familiar.

*- El autor es Doctor en Economía, Maestro en Desarrollo Regional, profesor-investigador en Cetys Universidad.

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