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La grazia: La belleza de la duda

Dir. Paolo Sorrentino

Manuel  Ríos Sarabia

Trece años después de La grande belleza, su más valiosa colaboración, Paolo Sorrentino y Toni Servillo, regresan a la pantalla con la gracia de una nueva obra maestra.

Mariano de Santis (Servillo), el presidente de Italia, parado sobre la parte más alta del Palazzo del Quirinale (residencia presidencial italiana), saborea un cigarro con la intensidad que sólo tiene alguien que no debe hacerlo. Mientras inhala, un único pensamiento ocupa su mente, la ausencia de Aurora en su vida (su esposa fallecida ocho años atrás), y cuanto le hace falta.

Regresando a su oficina, al interior del palacio, escucha una voz femenina que le dice:

“Presidente, ha estado usted fumando”. Se trata de Dorotea (Ana Ferzetti), su hija y mano derecha, una abogada que, prácticamente, hace todo el trabajo por él, además de cuidar de su salud, y su frágil ego, le pregunta si es necesario recordarle, que ya sólo cuenta con un pulmón.

Esta curaduría de la vida de su padre/presidente, le ha costado renunciar absolutamente a la vida propia. Dorotea camina sobre una familiar ruta de rigidez. De muerte en vida.

La respuesta del presidente, “Mañana inicia mi semestre blanco” (los últimos seis meses del mandato de siete años).

Ante esto, Dorotea le presenta tres asuntos por resolver, el primero es la firma de una nueva ley de la eutanasia, revisada múltiples veces por ella misma, y a la cual,

obviamente, la iglesia se opone. Los otros dos se tratan de peticiones de indulto (grazia en italiano) a dos personas, que han asesinado a sus respectivas parejas. Una mujer que apuñaló, mientras dormía, a su marido que la torturaba, y un hombre que mató, por compasión, a su esposa con demencia.

La desesperación de Dorotea, frente a estas tres, últimas tareas presentadas a su padre, es saber si, por una única vez, él tomará una decisión.

Su mandato y su vida se han caracterizado por una calma y estabilidad que carecen de la necesidad de actuar, recayendo siempre en el estructuralismo e inflexibilidad, demostrados en su árido y gargantuano libro sobre la ley, una montaña, famosamente, imposible de escalar para los estudiantes de derecho.

Ante la carencia de respuesta a los tres asuntos que comparten una interrogante sobre la vida y la muerte, Dorotea le insiste ¿De quién son nuestros días? Como si se lo cuestionara a sí misma. A estas alturas de su vida y de su mandato, de Santis se considera ya irrelevante, todo funciona, independientemente de él. Su atención se ha volcado hacia su interior, al fantasma de su esposa y a la duda que lo ha atormentado durante cuarenta años. ¿Quién fue el amante de ella?

En una surreal secuencia, de Santis es cuestionado por un Papa negro, de “dreadlocks”, arete, que maneja una moto, sobre lo que lo aflige en realidad. ¿El peso del pasado? ¿El vacío del futuro? ¿La soledad o duración de la vida? ¿Acaso alguna vez se sintió liviano? Nadie lo sabe.

En medio de esta profunda meditación sobre la vida, Sorrentino nos regala otro puñado de imágenes y secuencias surreales, que van desde el anciano presidente de Portugal, luchando, con gran dificultad, contra la lluvia, para poder caminar sobre una alfombra roja; hasta un exquisito momento de belleza absoluta, en que un astronauta deprimido, observa su lagrima flotando en gravedad cero.

Cavilando a ritmo de hip hop, de Santis busca la respuesta para dejar un legado en los últimos instantes de su gobierno. Pero la clave para reconectar finalmente llega, a traves del arte… de su hijo.

Emotiva, intelectual y espiritual, La grazia es, sin duda, una de las mejores películas del año. “Los días son nuestros… y no basta toda la vida para entenderlo.”

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