‘Deberían hacer’
Hay una frase muy popular en México. Se escucha en juntas, en chats, en cafés, en el diario de la vida pública. Una frase corta, cómoda y peligrosamente improductiva: “Deberían hacer”.

Hay una frase muy popular en México. Se escucha en juntas, en chats, en cafés, en el diario de la vida pública. Una frase corta, cómoda y peligrosamente improductiva:
“Deberían hacer”.
Deberían arreglar esto.
Deberían organizar aquello.
Deberían mejorar tal cosa.
Deberían hacer más.
La frase tiene algo curioso: siempre empieza con deberían… y casi nunca termina con vamos o deberíamos organizarnos.
“Deberían hacer” es el idioma oficial de los criticones. Esa tribu que siempre detecta el problema, pero rara vez aparece cuando hay que resolverlo. Los especialistas en diagnóstico desde la banqueta.
Y mientras unos opinan, otros hacen.
Porque la vida comunitaria —esa que sostiene escuelas, asociaciones, parroquias, clubes, hospitales y proyectos sociales— no funciona con comentarios. Funciona con voluntarios.
Gente que da horas de su vida sin esperar aplausos, personas que organizan, coordinan, venden boletos, sirven en la tiendita del colegio, acomodan sillas, levantan fondos, hacen rifas, resuelven pleitos y vuelven a empezar.
Sin ellos, muchas de las cosas que hoy damos por sentadas simplemente no existirían.
Pensemos en cualquier esfuerzo ciudadano: los voluntarios de la Cruz Roja que sostienen servicios vitales; los Rotarios que impulsan proyectos sociales; las personas que sirven en su parroquia o comunidad; o los padres de familia que se organizan para fortalecer la escuela de sus hijos.
Otro ejemplo es la Sociedad de Padres de Familia del Instituto México en Tijuana, que este año se llega a seis décadas de trabajo voluntario continuo. Sesenta años de madres y padres que, generación tras generación, decidieron no quedarse en la tribuna del “deberían”. Decidieron hacer.
Y eso tiene mérito. Mucho mérito. Por que el voluntariado no es glamoroso: implica sacrificar tiempo personal, aguantar críticas injustas, resolver problemas y muchas veces trabajar en silencio.
También implica algo que no siempre se reconoce: aprender a construir comunidad. Cuando padres, ciudadanos, empresarios o vecinos se organizan, no solo resuelven tareas; crean vínculos, generan confianza y siembran un sentido de pertenencia que ninguna institución puede fabricar sola.
Lo curioso es que, casi siempre, los más críticos son los que menos participan.
Los que dicen:
“Deberían mejorar el evento.”
“Deberían comunicar mejor.”
“Deberían hacer más actividades.”
Pero rara vez dicen:
“¿En qué puedo ayudar?”
Tal vez el problema no es que falten ideas. Ideas sobran. Lo que suele faltar es gente dispuesta a poner manos, tiempo y paciencia... mucha paciencia.
*- El autor es Director de Testa Marketing.
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