Rescatando la memoria , El Agente Secreto
Dir. Kleber Mendonça Filho

Con una impresionante lista de premios en su haber, y cuatro nominaciones a los Oscares, finalmente llega a las pantallas del país, la nueva cinta de Kleber Mendonça Filho.
En el Brasil de 1977, Marcelo (Wagner Moura), cuyo nombre real es Armando, viaja de Sao
Paolo a Recife manejando un Volkswagen amarillo. Parando a cargar gasolina, se encuentra con un cadáver en descomposición, cubierto por un pedazo de cartón. El despachador le dice que se despreocupe. La policía llega, pero no por el cadáver, sino para ver que pueden sacarle a
Marcelo. Después de una hostil interacción, la revisión del vehículo, y el “regalo” de una cajetilla de cigarros, Marcelo puede seguir su camino. Con esta secuencia pre-créditos, que no revela nada, ni sobre la trama, ni acerca de su protagonista, Mendonça establece los tonos disonantes que vendrán, algo de humor negro, suspenso, tensión Hithcockiana, pero esencialmente el clima aterrador que se vive bajo la dictadura militar.
La historia se va desarrollando, con misterio, de forma orgánica, revelando información con forme Marcelo interactúa con los distintos personajes a su paso. En Recife es recibido en la pensión de Doña Sebastiana (Tania Maria), una amable matriarca que hace la vida más alegre para los disidentes “refugiados” ahí. La razón por la que Marcelo está en Recife es para ver a su hijo Fernando, quien vive con sus abuelos maternos. Seu Alexandre (Carlos Francisco), el abuelo, es proyeccionista en un cine local.
Aquí es prudente señalar, El Agente Secreto es una de las mejores películas del año, sin embargo, el ver el documental de Mendonça Retratos Fantasmas (2023), enriquece inmensamente la experiencia, debido a que en él se muestran sitios de Recife, en especial los cines del pasado, y al proyeccionista real que fue la inspiración del personaje de Seu Alexandre.
Esto agrega una dimensión autobiográfica a El Agente Secreto, donde podemos entender al pequeño Fernando como la versión infantil de Mendonça y a Seu Alexandre como una importante figura paterna en su vida.
Pero la esencia de la cinta está en la forma en que plasma a un país divido en dos partes, trabadas en una lucha constante. Norte contra sur, ricos contra pobres, la gente en el poder contra la gente “desechable”. Un país donde la justicia únicamente existe para quien puede pagarla.
A través de una investigación histórica en el futuro (presente), sobre lo que sucedió con
Marcelo en 1977, se revela que, durante su trabajo como profesor universitario, tuvo un
conflicto con un empresario conectado al régimen, que amenazó con recortar los fondos a la universidad. El hombre, llamado Ghirotti (Luciano Chirolli) es la encarnación de todos aquellos
con dinero y poder, que arrasan con todo el que se interponga a su paso, y cuyas decisiones desencadenan una secuencia de actos nefastos, conducidos por hombres corruptos de esencias profundamente pútridas.
Así, la mancha negra de la corrupción se esparce, de la sociedad, al gobierno, al individuo.
Desde el que “colabora” con información a cambio de unos cuantos centavos, hasta el que es capaz de asesinar por unos centavos más.
Pero afortunadamente Mendonça no se detiene ahí, del otro lado de la supurante putrefacción,
también existe gente de bien, que coopera, que convive, que ríe en medio de la tragedia. Una inesperada secuencia discordante, sobre la leyenda urbana de la pata peluda, ilustra esto perfectamente, disipando la insoportable tensión, con unos instantes de cine de serie B.
Con su impresionante recreación del pasado, la película es un acto de memoria. En palabras del mismo Mendonça, “es sobre el poder y cómo alguien puede ser aplastado por decisiones…
Ninguna buena acción queda impune”.
“El cine es un pedazo de memoria.”
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