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El capo cayó y el ciudadano… ¿calló?

Cayó un hombre, no cayó el sistema, ni mucho menos el miedo.

Ariosto Manrique Moreno

Cayó un hombre, no cayó el sistema, ni mucho menos el miedo.

La muerte del Mencho, cabeza del Cártel Jalisco Nueva Generación llenó las redes, opiniones, declaraciones y posicionamiento de la comentocracia mexicana. Operativo impecable, dicen. Golpe histórico, aseguran. Mano de los gringos, confirmado.

Mientras tanto, hubo bloqueos, negocios cerrados, padres adelantando la hora de llegada, mensajes en grupos de WhatsApp que multiplicaban rumores más rápido que los hechos. El miedo es así: no necesita permiso… se instala solo.

Tal vez convenga hablar con un poco de franqueza, para algunos rudeza: el punto al que estamos en México no creo que solamente sea el de una guerra de criminales contra autoridades, a mi me parece más bien una presión directa sobre la sociedad. Es un mensaje clarísimo: “Podemos hacer contigo y tu vida, lo que queramos”. ¿Vamos a aceptar esto?

El crimen organizado no solo dispara balas, también intimida, busca el terror, logra que el ciudadano se repliegue, que el empresario calle con exhortos de rutina y publicaciones en las redes sociales, que la comunidad baje la cabeza.

No soy nadie para dar recetas ciudadanas pero el espacio que tengo en este medio me obliga a proponer algunas reflexiones y provocar conversaciones:

Primero: no ser eco del pánico. El audio anónimo, la foto vieja, el mensaje alarmista sin verificar son armas involuntarias. Quien comparte sin pensar coopera sin querer. Sigue fuente confiables y solo comparte aquello que ya verificaste. ¡No te calientes, plancha!

Segundo: no normalizar. El “así es México” es la rendición disfrazada de realismo. No, no es normal vivir ajustando rutas por miedo. No es normal pagar derecho de piso. No es normal que el silencio sea estrategia de supervivencia.

Tercero: unidad con carácter. Los organismos empresariales no pueden ser espectadores. Representan a quienes arriesgan capital, generan empleo y sostienen ciudades. Deben exigir seguridad sin dramas ni alarmas, pero sin tibieza. Defender el derecho a producir es defender la libertad.

Cuarto: La Iglesia no puede limitarse a consolar. Tiene autoridad moral para recordar que la violencia no es destino y quela cobardía cívica tampoco es virtud. La comunidad organizada es más fuerte que el miedo disperso.

Quinto: Las universidades no pueden quedarse en la teoría. Deben formar criterio, exigir datos, desmontar mentiras, promover cultura de legalidad. El pensamiento crítico es antídoto contra la intimidación.

Si cada evento violento nos encoge, el crimen avanza sin disparar un solo tiro. Si respondemos con unidad, información responsable y exigencia constante de legalidad, el mensaje seguramente cambia.

Un país no se somete el día que cae un capo, se somete el día que sus ciudadanos aceptan vivir callados.

*- El autor es Director de Testa Marketing, investigación de mercados.

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