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Tijuana y el abandono que se volvió costumbre

Recorrer Tijuana por trabajo es recorrerla sin filtro. Entrar y salir varias veces por semana permite observar algo que hemos empezado a normalizar.

Pepe  Avelar

Recorrer Tijuana por trabajo es recorrerla sin filtro. Entrar y salir varias veces por semana permite observar algo que hemos empezado a normalizar: la primera impresión que damos no corresponde a lo que decimos ser.

Los accesos reflejan abandono. No importa si se llega por carretera desde Tecate o Rosarito, si se cruza por las garitas o si se arriba por el aeropuerto. Baches, señalización deficiente, barreras desalineadas, basura acumulada, maleza sin control. Es la puerta de entrada a una ciudad que se presume entre las más importantes del país, pero cuya bienvenida no invita. Al internarse en la ciudad, el diagnóstico se repite. Vialidades estratégicas como el Río Alamar o el Boulevard 2000 muestran iluminación insuficiente, delimitaciones confusas al bajar de puentes, barreras golpeadas y concreto hidráulico cuarteado. No es falta de obra nueva; es falta de mantenimiento.

El concreto no es eterno y la infraestructura, si no se cuida, se deteriora.

La contaminación visual agrava el panorama. Puentes y paradores cubiertos de graffiti en zonas como Santa Fe, Gato Bronco, Otay o la Cinco y Diez. Restos de propaganda electoral —incluyendo campañas como las de Jaime Bonilla y Claudia Sheinbaum— que permanecen mucho después de concluidos los procesos. Muros pintados con anuncios de negocios o eventos que ya no existen.

Los postes de alumbrado son otro reflejo del desorden: mezcla caótica de luminarias blancas, amarillas y azules; estructuras corroídas; y decenas de letreros engrapados ofreciendo todo tipo de servicios. El espacio público convertido en tablón permanente sin que exista sanción visible, aun cuando los propios anuncios incluyen teléfonos y correos electrónicos perfectamente identificables.

También las gasas de incorporación, los tréboles y las zonas debajo de puentes —tanto en obras antiguas como recientes— parecen olvidadas. Se construyen distribuidores viales importantes, pero las áreas inferiores quedan en penumbra, sin jardinería, sin limpieza, sin banquetas dignas.

Todo indica quese ejecuta la obra y, después del corte de listón, se pierde de vista lo que ocurre debajo. No se trata de proyectos espectaculares. Bastaría mantenimiento constante, iluminación funcional, limpieza sistemática y reglas claras para el uso del espacio público.

Es gestión elemental. Lo más preocupante es que uno termina acostumbrándose. El ciudadano aprende a convivir con la suciedad, con la dejadez, con la sensación de que la autoridad no está presente en lo cotidiano. Pagamos impuestos municipales, estatales y federales, pero la ciudad no luce como si ese esfuerzo colectivo se reflejara en su mantenimiento básico. El problema no es que Tijuana tenga retos.

El problema es que el abandono se volvió costumbre. Y cuando la costumbre sustituye a la exigencia, la ciudad pierde algo más que limpieza: pierde dignidad. Y una ciudad que pierde dignidad difícilmente puede aspirar a grandeza.

*- El autor es un opinólogo tijuanense enamorado de su ciudad.

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