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Libertad en barra libre

Voy al grano: cuando un padre de familia permite alcohol a menores en su casa, no está siendo moderno, ni abierto, ni actualizado, ni amigo de su hijo. Está siendo cómodo, flojo y débil.

Ariosto Manrique Moreno

Voy al grano: cuando un padre de familia permite alcohol a menores en su casa, no está siendo moderno, ni abierto, ni actualizado, ni amigo de su hijo. Está siendo cómodo, flojo y débil.

Muchos jóvenes hoy —curiosamente— están tomando menos alcohol según los últimos estudios de consumo. Ya lo platicamos en este mismo espacio hace unas semanas: se cuidan más, entrenan, tienen más alternativas. Pero el choque cultural no viene de ellos, viene de los adultos (antes GenX o Millennials) que insisten en normalizar lo que no les toca normalizar. Papás que prestan la casa, que “controlan” la fiesta, que prefieren hacerse los distraídos o justificarse con la frase más estúpida y peligrosa de todas: “mejor aquí que afuera”.

Aunque a varios les duela: permitir alcohol a menores no es respetar su libertad, es renunciar a la propia responsabilidad. La libertad exige límites claros; lo otro es abandonarlos con una sonrisa.

Y además —para quienes todavía creen que “no pasa nada”— sí pasa. Legalmente pasa. Penalmente pasa. Suministrar alcohol a menores, aunque sea en tu casa y aunque sean “amigos de tu hijo”, tiene consecuencias jurídicas reales: multas, clausuras, procesos penales, antecedentes. Basta un incidente, una intoxicación, una denuncia, un video. Pero incluso sin llegar a lo legal, hay otra factura silenciosa: la social. El papá permisivo pierde credibilidad. Los otros padres lo saben. Los colegios lo saben. Las autoridades lo registran. Y esa fama no se borra con buena intención.

Dicho eso, también hay está el otro lado de la moneda:

Mis respetos —de verdad— para los papás y mamás que no se andan por las ramas. Para quienes entienden que la curiosidad de los jóvenes es natural, que probar, preguntar y explorar es parte del crecimiento. Eso no se combate con miedo ni con autoritarismo, se enfrenta con presencia, estando ahí, haciéndose sentir, ver y respetar.

Me quito el sombrero ante las familias que trabajan en equipo, en pareja, que hablan, que ponen reglas claras, que se coordinan, que no se contradicen frente a los hijos. Papás que dicen sí cuando toca decir sí, y no cuando toca decir no. Con amor, pero con firmeza.

No se qué entiendas tú por libertad, pero para mi es acompañar al hijo mientras aprende a decidir, no dejarlo solo para evitar conflictos.

No escribo esto como modelo de papá. Estoy lejísimos. Voy aprendiendo sobre la marcha como la inmensa mayoría. Pero justo por eso lo digo: el rol de padre y madre no es ser cool, ni popular, es ser guía y eso cuesta. No es quedar bien hoy, es formar personas para mañana.

Ser papá no es buscar aprobación ni aplausos de los hijos, con el rol viene también el asumir el costo de decir no cuando sería más fácil decir sí. El papá que presta la casa, facilita el alcohol o voltea la cara haciendo nada, no está acompañando a su hijo: está comprando tranquilidad momentánea a cambio de problemas futuros. Y casi siempre, esos problemas llegan con factura moral, social o peor… legal.

*- El autor es director de Testa Marketing, investigación de mercados.

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