El viaducto elevado y la ciudad que quedó debajo
El viaducto elevado de Tijuana es, sin duda, una gran obra. Su sola presencia redefine el paisaje urbano y confirma la magnitud de una intervención federal poco común en esta ciudad.

El viaducto elevado de Tijuana es, sin duda, una gran obra. Su sola presencia redefine el paisaje urbano y confirma la magnitud de una intervención federal poco común en esta ciudad. Hacia arriba, el viaducto representa infraestructura, conectividad y una apuesta por resolver problemas viales históricos. Hacia abajo, sin embargo, deja abiertas preguntas fundamentales sobre la ciudad que queda debajo de esta obra monumental. Una intervención de esta escala no se veía desde la regeneración del lecho del río que dio origen a la Zona Río en los 70 ‘s, una inversión que transformó de manera definitiva la dinámica urbana de Tijuana.
Desde esa perspectiva, el viaducto tiene aciertos claros. Puede convertirse en una solución real para la salida hacia la línea internacional y Ensenada, siempre y cuando el problema se atienda de manera integral. El principal cuello de botella no está únicamente en la vialidad tijuanense, sino en la aduana mexicana con San Ysidro, donde inicia el cruce vehicular hacia México. De poco sirve agilizar las vialidades internas si el ingreso al país sigue siendo lento y desordenado. Un cruce más eficiente permitiría que la incorporación al viaducto fuera natural y continua a lo largo de todo el trayecto.
En términos generales, la obra resulta relevante. La conexión que va desde Otay hasta casi la entrada a Playas de Tijuana contribuye a despresurizar la Vía Rápida, la Zona Río y el Centro, zonas saturadas desde hace décadas.
Pero reconocer estos aciertos no implica dejar de señalar los errores. El primero tiene que ver con el costo total de la obra, que asciende a 14 mil millones de pesos, una cifra
significativamente mayor a los cerca de 8 mil millones que se proyectaron originalmente. La pregunta de fondo no es solo cuánto cuesta, sino cómo es posible que en un periodo relativamente tan corto el monto prácticamente se duplicara, y si este incremento estuvo acompañado de una planeación urbana proporcional.
La comparación histórica es inevitable. Hace alrededor de quince años, el Programa Integral de Repavimentación (PIRE) tuvo un costo aproximado de 2,200 millones de pesos y permitió renovar vialidades en prácticamente toda la ciudad. Es válido preguntarse qué tipo de Tijuana tendríamos hoy si una inversión federal como la del viaducto (con esa magnitud) se hubiera distribuido en repavimentación, pasos a desnivel, cruces peatonales y soluciones puntuales en distintos puntos conflictivos.
Por otro lado, resulta difícil entender cómo se construye un gran circuito que conecta la 5 y 10, Otay, el aeropuerto, la línea internacional y Playas de Tijuana sin cerrar adecuadamente su integración mediante gasas estratégicas con el libramiento sur. Esta omisión afecta tanto a quienes se dirigen a Playas como a quienes transitan hacia el sur de la ciudad —Obrera, El Jibarito, Santa Fe— y que requieren salidas rápidas y funcionales. Además, algunas incorporaciones son confusas y anticipan embudos, como en la zona del edificio del PRI, donde el viaducto se cruza con otro puente hacia la zona fiscal sin una solución clara de semaforización.
Quizá la preocupación más grande está en lo que no se ve: las obras complementarias. Durante la construcción se generaron daños evidentes en la avenida Internacional, en puentes, en el lecho del río y en sus taludes. Se eliminaron tramos importantes de talud que durante años se dijo que era imposible intervenir y hoy esos espacios permanecen sin regeneración. No se observan trabajos de jardinería, iluminación ni embellecimiento bajo el viaducto, una zona que inevitablemente quedará en penumbra y que corre el riesgo de convertirse en un espacio degradado.
Una obra de esta magnitud no solo debe funcionar bien en lo alto; debe dignificar la ciudad en su conjunto. El viaducto elevado puede ser una intervención transformadora o una solución parcial y costosa. La diferencia estará en si se corrigen sus errores, se construyen sus complementos y se entiende que la movilidad y la ciudad no se resuelven con una sola obra espectacular, sino con una visión integral que piense en todos.
- *- El autor es un opinólogo tijuanense enamorado de su ciudad.
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