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Groenlandia: El deshielo de la nueva doctrina Monroe

La insistencia de Donald Trump por “comprar” Groenlandia parece un capricho excéntrico.

Ismael  Plascencia López

La insistencia de Donald Trump por “comprar” Groenlandia parece un capricho excéntrico. Detrás de las declaraciones incendiarias y los movimientos que han desconcertado a sus aliados, existe una lógica geoeconómica fría que merece un análisis serio.

Groenlandia es un territorio de 2.16 millones de kilómetros cuadrados con apenas 56 mil habitantes, mayoritariamente inuit. Funciona como región autónoma bajo soberanía danesa desde 1979. Y aunque la inmensa mayoría de su población y su gobierno han rechazado tajantemente formar parte de Estados Unidos, Washington ha dejado claro que la isla es una prioridad en su tablero de ajedrez.

La primera razón es geográfica. La isla es la llave de la brecha GIUK, el corredor marítimo entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido que conecta el Ártico con el Atlántico Norte. Esta posición la convierte en una pieza estratégica insustituible para el control de rutas navales que, con el deshielo acelerado, serán navegables durante más meses al año. El cambio climático está reconfigurando la geografía del comercio mundial, y quien domine el Ártico tendrá llave de paso en los flujos críticos del siglo XXI.

La segunda razón es mineral. El subsuelo groenlandés contiene reservas estimadas en 38.5 millones de toneladas de tierras raras, además de petróleo, gas natural, cobre, oro, níquel y uranio. Se estima que la isla posee algunos de los depósitos de tierras raras más grandes del mundo fuera de Asia. Estos minerales son esenciales para fabricar desde vehículos eléctricos y turbinas eólicas hasta sistemas de defensa avanzados; prácticamente toda la tecnología que define la economía contemporánea. China domina actualmente este mercado global y utiliza ese control como herramienta de presión. Para Washington, Groenlandia representa la gran oportunidad de romper esa dependencia estratégica.

La tercera razón es militar. Estados Unidos opera desde 1951 la Base Espacial de Pituffik en el noroeste de la isla, un punto neurálgico desde donde coordina operaciones de alerta temprana de misiles y vigilancia espacial para sí mismo y la OTAN. Trump ha vinculado la importancia de la región con su renovado interés en la defensa antimisiles, visualizando al norte como el escudo esencial para su prometida “Cúpula de Hierro” americana.

Dinamarca ha respondido no solo con diplomacia, sino anunciando inversiones históricas en defensa para cumplir con los objetivos de la OTAN y reforzar su soberanía en el Ártico. La tensión llegó a su punto álgido cuando la Primera Ministra danesa, Mette Frederiksen, calificó la idea de la venta como “absurda”,

que Trump cancelara abruptamente una visita de Estado. Analistas del Center for Strategic and International Studies hablan ya de un “corolario Trump” a la Doctrina Monroe: extender la influencia estadounidense directa no solo hacia el sur, sino ahora agresivamente hacia el norte.

Estamos ante la confirmación de una administración dispuesta a utilizar presión económica y diplomática no convencional para obtener lo que considera activos estratégicos, sin importar las alianzas previas. El mismo enfoque transaccional que vemos con Groenlandia lo experimentamos nosotros en las negociaciones comerciales y migratorias. La gran diferencia es que Dinamarca cuenta con el respaldo institucional de la Unión Europea.

Groenlandia nos recuerda que, en el nuevo orden mundial, los recursos naturales y la geografía vuelven a ser determinantes. Y nos advierte que las reglas del juego están siendo reescritas unilateralmente por quien cree tener el poder para hacerlo.

  • *- El autor es Doctor en Economía, Maestro en Desarrollo Regional, profesor-investigador en Cetys Universidad.

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