La gran advertencia para los mexicanos
Durante años evité la comparación fácil entre Venezuela y México.

Durante años evité la comparación fácil entre Venezuela y México. Me parecía un recurso exagerado, más emocional que analítico, útil para descalificar gobiernos pero pobre para entender realidades distintas. Venezuela —pensaba— era el ejemplo extremo de un colapso institucional, y México, con todos sus problemas, seguía siendo una democracia con márgenes de corrección. Sin embargo, hay momentos en los que los límites de lo tolerable se cruzan. Y la defensa abierta, sistemática y acrítica del régimen de Nicolás Maduro (y hoy de Delcy Rodríguez) por parte del gobierno mexicano es uno de ellos.
Avalar a los Maduro, las Delcys ó los Diosdado, no es un gesto diplomático ni una postura neutral. Es una toma de posición política frente a un régimen que ha cancelado elecciones competitivas, perseguido opositores, encarcelado disidentes, cooptado tribunales y provocado uno de los éxodos humanos más grandes de la historia reciente del continente. Negarse a llamar dictadura a una dictadura no es prudencia: es voltear a otro lado para no aceptar el autoritarismo
Desde el poder se insiste en la doctrina de la no intervención como coartada. Pero la soberanía no puede convertirse en un escudo para justificar la represión, el silencio ó el hambre. Defenderla sin matices termina protegiendo a los gobiernos, no a los pueblos. Cuando ocho millones de personas huyen de su país y la oposición es anulada por la fuerza, el silencio mexicano deja de ser neutralidad y se vuelve complicidad.
Lo preocupante no es solo la postura frente a Venezuela, sino la lógica ideológica que la sostiene. Los regímenes de izquierda autoritaria comparten un patrón reconocible: concentración del poder, debilitamiento de contrapesos, culto al líder, control del discurso público y una narrativa que divide entre “el pueblo” y los “enemigos”. No se presentan como dictaduras, sino como causas morales. Y es precisamente ahí donde radica su peligro.
En México, esa lógica comienza a normalizarse. Se erosionan organismos autónomos, se militarizan funciones civiles, se desacredita a la prensa crítica y se estigmatiza a los “opositores”. Todo envuelto en un discurso que se dice humanista, pero que tolera la opacidad y minimiza el abuso del poder. La afinidad con regímenes autoritarios no es un accidente: es coherente con esa visión del poder sin límites.
Para quienes no nos identificamos con la izquierda ideológica —y menos aún con sus expresiones más autoritarias—, esta deriva resulta alarmante. No porque ignoremos los errores del pasado ni defendamos viejos regímenes, sino porque sabemos que el autoritarismo rara vez llega de golpe. Llega envuelto en promesas, legitimado por elecciones y protegido por una narrativa que exige lealtad incondicional.
Venezuela no es una anécdota lejana: es una advertencia. Ahí comenzó todo con discursos de justicia social y redención histórica. Lo que siguió fue la captura de las instituciones, la persecución de quien no está de acuerdo y la normalización del abuso como método de gobierno. Nada de eso ocurrió de un día para otro. Ocurrió porque demasiados “ciudadanos” prefirieron callar.
Cuando un gobierno democrático se niega a condenar una dictadura, no defiende la soberanía: renuncia a los principios que le dan sentido. Y cuando la ideología pesa más que la libertad, el siguiente paso es siempre el mismo: desacreditar al crítico, erosionar al contrapeso y pedir paciencia a las víctimas.
La historia es clara. Los pueblos no pierden sus libertades de golpe; las pierden cuando aceptan que la injusticia ajena no es tu asunto. Y en ese punto, ya es demasiado tarde.
Llámame exagerado si gustas, pero 3 mil pesos al mes no justifican ninguna pérdida de libertades.
*- El autor es un opinólogo tijuanense enamorado de su ciudad.
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