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Entre santos y demonios

Exterminio: El templo de huesos, Dir. Danny Boyle

Manuel  Ríos Sarabia

El nuevo capítulo en la saga de Exterminio (28 días/años después) inicia exactamente donde concluyó el anterior. Encontramos a Spike (Alfie Williams), quien acababa de ser “salvado” de los infectados por los Jimmies, ahora peleando por su vida, contra ellos. Se trata de un duelo a muerte para ser aceptado en la secta liderada por Jimmy Crystal (Jack O’Connell), personaje que satiriza al infame Jimmy Savile (conocido abusador sexual británico).

Crystal es aquel niño que sobrevivió al ataque inicial de la infección, 28 años atrás, hijo de un párroco que en sus últimos momentos perdió la razón y recibió a los infectados como enviados divinos.

El trauma, el fanatismo religioso y tres décadas de sobrevivir en un mundo postapocalíptico, forjaron la personalidad de Jimmy, quien se autoproclamó hijo de Satanás en una cruzada infernal.

La secta de los Jimmies es una retorcida versión de los niños perdidos de Peter Pan, cuyos miembros fueron víctimas de desarrollo atrofiado (iniciando por su líder), estancados en una edad mental infantil. La pertenencia al grupo, dedicado a asesinar de las formas más cruentas a todo el que cruce su paso, se convierte en una cuestión de supervivencia. Spike es un renuente acólito, testigo de la indescriptible violencia de los Jimmies contra inocentes. Un rehén sin salida.

Paralelamente, en el titular templo de huesos, el doctor Ian Kelson (un espectacular Ralph Fiennes) entabla una improbable relación con Sansón, un infectado Alfa que merodea el lugar.

Kelson lo “domestica” gracias a la morfina que le administra a través de dardos, la cual lo tranquiliza, desarrollando en él una curativa adicción. En ese estado de beatitud química, Sansón y Kelson entran en comunión. El efecto de la morfina es un paliativo a la infección, tanto que un símil de la evolución del homo erectus a homo sapiens, debido al consumo de alucinógenos.

Nia Da Costa logra una transición entre esta película y la anterior de manera magistral. Visualmente su dirección es fiel al lenguaje establecido por Boyle, haciendo su ausencia imperceptible. Sorprendentemente la violencia que retrata, sobre todo a manos de los Jimmies, es aun más brutal que en las anteriores entradas (similar al nuevo extremismo francés de los 2000).

El guión de Alex Garland nuevamente rinde homenaje a Romero, a traves de ideas relevantes, enfatizando que “aquel que olvida la historia, está condenado a repetirla”. Por lo que en esta ocasión los infectados quedan en segundo plano, ante una historia sobre la lucha entre el bien y el mal, al interior del alma humana.

Mientras que Jimmy, una representación del anticristo, se prepara para encontrarse con su padre, el viejo Nick (Satanás), y por primera vez, en veintiocho años, experimenta lo que es el miedo. El doctor Kelson, un ateo, firmemente plantado en la ciencia, hace las veces de un santo, capaz de navegar exitosamente entre demonios (Jimmies e infectados), domándolos, forjando imposible amistad, o cual diablillo, pactando con ellos. Pero esencialmente, el doctor, es el corazón, y la voz de la razón. Un guardián de la historia, protegido entre libros de medicina y vinilos de Duran Duran.

Es el mago de Oz, capaz de engañar, con su astucia, al mismo anticristo. Kelson nos advierte sobre la fragilidad de un mundo que décadas atrás se sentía pleno de certeza, de un orden que parecía inamovible, el cual se derrumbó tan fácil y rápidamente como un castillo de naipes. Y en su sabiduría zen, recuerda que no existe la maldad abstracta… sólo existimos nosotros.

La batalla final no es física. Es espiritual e intelectual. El ateo contra el satanista. La razón contra el fanatismo religioso. La ciencia contra la superstición. La bondad universal contra la perversidad psicópata. Memento mori…

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