Necesitamos un gobierno que funcione
Tijuana nunca ha sido una ciudad cualquiera. Nuestra ubicación geográfica nos coloca en una condición distinta al resto del país.

Tijuana nunca ha sido una ciudad cualquiera. Nuestra ubicación geográfica nos coloca en una condición distinta al resto del país: aquí los problemas llegan antes, los impactos se sienten más rápido y los errores del gobierno se pagan de inmediato. Vivir en la frontera implica convivir todos los días con realidades que el discurso oficial suele maquillar: migración constante, presión sobre los servicios públicos, infraestructura rebasada y una economía que se mueve más rápido que las decisiones gubernamentales.
Cuando el gobierno no funciona, en Tijuana se nota.
Desde hace años se han señalado, una y otra vez, errores estructurales que se acumulan sin corrección. La corrupción policiaca, tolerada o ignorada, sigue dañando la confianza ciudadana y la vida cotidiana. La falta de infraestructura básica no es una amenaza futura, es una crisis presente. Calles deterioradas, drenajes colapsados, alumbrado deficiente y una recolección de basura irregular reflejan una ciudad que se administra con parches, no con planeación. No hay visión de largo plazo, solo manejo del desorden.
Los servicios públicos no están funcionando como deberían en una ciudad que aspira a ser competitiva. La Comisión Federal de Electricidad ya no responde a la demanda real de una metrópoli que crece sin que la red eléctrica lo haga al mismo ritmo. Los apagones han dejado de ser excepcionales convertirse en parte del día a día. Y el agua, el recurso más básico, se ha vuelto símbolo de improvisación: cortes constantes, tandeos y ausencia de una estrategia seria y sostenida.
Lo más preocupante es que esta situación no recae únicamente en el gobierno en turno. Existe también una pasividad alarmante por parte de los grupos organizados, ya sean intermedios sociales, políticos o empresariales, que en muchos casos han preferido la comodidad del diálogo privado antes que la exigencia pública. Sin presión ciudadana constante y organizada, el poder se relaja y la ciudad asume las consecuencias.
Los partidos políticos que hoy están en la oposición tampoco están libres de responsabilidad. PAN y PRI, tuvieron la oportunidad de gobernar y, en su momento, no realizaron un ejercicio serio de autocrítica. En lugar de corregir a fondo, reprodujeron dinámicas que terminaron alejándolos de la ciudadanía: burocracia, simulación e ineficiencia. Esa falta de revisión interna debilitó su credibilidad y allanó el camino para el escenario que hoy vivimos. Ignorar ese pasado sería repetir el error.
Hoy, el actual gobierno presume políticas sociales basadas en la entrega directa de dinero. Nadie discute que existan sectores que requieren apoyo, pero la realidad es que esta política, por sí sola, no se traduce en una mejor ciudad. No fortalece el consumo local de manera sostenida, no ordena el espacio urbano, no mejora los servicios ni eleva la calidad de vida. Es asistencia sin transformación.
Es obvio que Tijuana no necesita más propaganda ni más pretextos (de los que tenemos muchos). Necesita un gobierno que funcione. Un gobierno que entienda que gobernar no es administrar inercias, sino resolver problemas concretos. Que mida su éxito en calles transitables, agua constante, electricidad confiable, servicios eficientes y una ciudad más limpia, ordenada y vivible.
Y mientras no tengamos gobiernos dispuestos a asumir esa lógica, Tijuana seguirá avanzando a pesar de quienes la gobiernan, no gracias a ellos, lo cual es una lástima porque para eso los elegimos.
Renuevo mi esperanza que el 2026 sea diferente. Me siento iluso, pero igual me emociono.
- - El autor es un opinólogo tijuanense enamorado de su ciudad.
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