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Los signos de la violencia política

A unos meses de la campaña presidencial más importante del país, todo parece confuso. No recuerdo un momento parecido en los últimos años.

A unos meses de la campaña presidencial más importante del país, todo parece confuso. No recuerdo un momento parecido en los últimos años. La explicación más simple que encuentro es que la situación es resultado de la polarización que se está viviendo bajo el gobierno de López Obrador.

Los signos de la polarización son los enfrentamientos, las agresiones y los insultos de casi todos los bandos políticos. Lo vimos ayer, por ejemplo, en la cámara de diputados donde una diputada se asumía como “una perra del presidente”, y llamaba a sus contrincantes con el mismo nombre. La cámara hecha una trifulca.

Los ánimos están caldeados, como se decía antes. Se ve en todas partes y por todo el país. Por las redes sociales no se diga. Avalanchas de insultos y descalificaciones se deslizan a cada instante. No hay forma ya de tratar las diferencias. Murieron los argumentos desde hace tiempo. Lo de ayer en la cámara no es un accidente pasajero. Es la expresión de algo más que estamos ignorando.

Nunca antes el poder político se había convertido en objeto de una intensa disputa como hoy. O acaso sí, pero no involucraba a todos. Era una disputa entre las élites. Ahora no. Ahora todos están involucrados, porque realmente esa es la función de la polarización. Que todos estén a favor o en contra de algo.

Por eso el país se asemeja a una olla exprés. Un país que está a punto de estallar. Porque, además, al lado de la polarización política, está la violencia producida por el crimen organizado y la delincuencia en general, que se han expandido bajo los gobiernos de Morena. Al lado de la polarización política está la violencia impresionante entre los jóvenes que, como hordas, se destruyen entre sí.

Si uno ve las noticias que trasmiten los noticieros nocturnos por la televisión y escucha o ve las mañaneras del presidente López Obrador, la impresión es que hay dos países. Dos realidades. El gobierno omite o suaviza los hechos, los minimiza al tiempo que muestra los datos de su popularidad, mientras los noticieros nos muestran un país tomado por los grupos criminales, con carreteras sitiadas y ciudades donde no hay ley.

Nadie lo nota o se analiza en las múltiples “mesas de análisis” que hay en los canales televisivos del país, pero gran parte de esta violencia, de la violencia en general, se deriva del discurso que emana del principal poder en México que es la presidencia. Eso sucedió desde el primer momento en que AMLO decidió asumir como enemigos a una gran porción de los mexicanos que no están de acuerdo con su gobierno.

El presidente no está en contra del PAN, de los empresarios, de los neoliberales, de los intelectuales, los fifís, la clase media, etcétera, está en contra de todos aquellos que no están a favor de su proyecto político. Así lo ha asumido. Para él no existen los matices: estás a favor o en contra de él.

Es una visión que se ha convertido en un disparador de la violencia, porque de la tribuna presidencial desciende instantáneamente hacia todos los niveles de la sociedad, corre como ríos por las redes sociales, alcanza la calle y se desborda ante cualquier percance, sube a la tribuna de la cámara o del senado, la abanderan los líderes políticos y se instala ampliamente en el trato cotidiano.

Hay que aceptar que el discurso de odio o polarizador de Obrador, ha penetrado hondamente en todas las capas de la sociedad, y ahí se repite hasta alcanzar muchas veces a las familias, a los amigos y a los vecinos. Hay una especie de guerra civil, silenciosa y soterrada, salvo que estalle por algún conflicto.

La gente que apoya a Morena ya “identificó” a un enemigo y está representado por todos los rasgos que AMLO se ha encargado de señalar todos los días. No es una diferencia ideológica ni siquiera política, es de odio hacia todos aquellos que, desde el poder, oprimieron y relegaron a un segundo plano a los más pobres y jodidos.

Los partidos de oposición y, en general, la mayoría de los opositores a Morena y a AMLO no se han dado cuenta de esto. En especial los grupos más cargados hacia la derecha, algunos de los cuales proponen lo mismo que AMLO: es decir excluir a los que son diferentes. Formar dos países, como en realidad lo intenta hacer López Obrador.

El país de los pobres y los humildes, con sus tradiciones y su apego incondicional a las tradiciones y a la parte bonita de la historia de México, en contraste al país de los ricos y aspiracionistas, con sus vidas de lujo y sus creencias basadas en la competencia y su egoísmo. Etcétera.

AMLO quiere construir ese país, en donde sólo quepan los buenos o los mejores, y excluir a todos los demás. Lo mismo propone la derecha, pero al revés. ¿No es este el origen de la violencia política que estamos viviendo? Hay que cerrarle el paso a la intolerancia, venga de donde venga.

*- El autor es analista político.

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