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Así están las cosas

Cada día que pasa los riesgos por el clima de inseguridad que padecemos son más altos. Hechos nunca imaginados suceden en los lugares más inusuales. 

Por el derecho a la libertad de expresión.

Cada día que pasa los riesgos por el clima de inseguridad que padecemos son más altos. Hechos nunca imaginados suceden en los lugares más inusuales. La admiración que les teníamos a las películas de acción, en las que los asesinatos a sangre fría y los ríos de sangre, por el exceso de violencia, que eran ficción llevada al cine, ahora se quedan cortos contra lo que sucede en nuestra realidad mexicana. Los sudores que experimentábamos por el temor en las salas de cine, ahora los sentimos diariamente cuando estamos desayunando, cuando caminamos para hacer ejercicio, o cuando llevamos a nuestros niños a la escuela. La delincuencia organizada ya tiene el control de la vida cotidiana. Por ellos hemos cambiado nuestras dinámicas sociales y recortamos nuestra vida social. El gobierno de la República, el de los estados y los municipios han pasado a segundo término, y ya no son los que nos dan la pauta. Ahora estamos comenzando a pensar en seguir el orden y la lógica que indica la delincuencia organizada.

Ya no se puede hablar de que son grupúsculos diseminados por todo el país, los que provocan las muertes, cobran piso, definen precios de productos agrícolas, determinan el tránsito por las carreteras, y que, dentro de poco, se apoderarán del control político gubernamental de todo el país. En contrapartida, no se vislumbra ninguna acción defensora ni agresiva, contra las acciones tipo militar que efectúan en varios estados de la república los delincuentes. Prácticamente, se les ha dejado el camino libre para hacer lo que decidan. En esas condiciones, poco es lo que los ciudadanos comunes y corrientes podemos intentar. Somos entes atomizados sin nada que nos una y nos permita organizarnos, para exigir el mínimo respeto a nuestras vidas y propiedades.

Los funcionarios de elección popular, desde siempre, solo han llegado a ocupar los puestos con el único fin de enriquecerse, y de gozar del poder que les brinda el período establecido. También desde siempre, han traicionado a la ciudadanía que los eligió y a los que no votaron por ellos, porque no utilizan los recursos financieros, ni los legales, para resolver problemas, sino que alargan los plazos de ejecución de obras y se embolsan los dineros. Nadie persigue a nadie, aunque existan denuncias formales. Dejan pasar los tiempos para que venzan los plazos y, legalmente, dejen de ser perseguibles las demandas. Los funcionarios de elección popular y los agentes de las corporaciones policíacas, así como los de todas las fuerzas armadas, no tienen la capacidad de enfrentar a la delincuencia organizada. No existe una estrategia de enfrentamiento total para controlar, al menos, a la delincuencia en el país. No existe, además, la conciencia del honor y la dignidad por la investigación de los asesinatos de los agentes caídos. Con el pretexto de que eran miembros del crimen organizado, los agentes y miembros de las fuerzas armadas caídos en el cumplimiento de su deber, siguen impunes. No se mira, que en el corto, mediano y largo plazos vayan a hacer algo al respecto. No les interesa, ni les preocupa. No les quita el sueño. Con ese espíritu de fracaso y derrota, seguiremos sufriendo bajas los ciudadanos. Vale.

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