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Nogales

Crece sin freno en Nogales invasión de 27 mil familias

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Por Eliana Alvarado y Manuel Jiménez

Crece sin freno en Nogales invasión de 27 mil familias

Crece sin freno en Nogales invasión de 27 mil familias

La única parte donde la lámina del techo es nueva y no hay goteras es en el cuarto que Luz Gaxiola y Francisco Herrera Márquez utilizan como recámara. En el resto de la casa, es inevitable que el agua de las lluvias caiga y moje paredes y muebles.

Luz, de 80 años de edad, ojos claros y con problemas en la vista por cataratas, mira hacia el techo cuando le preguntan por las goteras, y dice: “Uy, pues si viera usted… nomás vea pa’ arriba… no alcanza a contarlas”.

Sentado a un lado suyo, afuera de la casa, está Francisco, su esposo desde hace seis décadas. Ella recarga su mano sobre la de él, mientras ambos empiezan a bromear. Por varios momentos, coinciden en la mirada y en la sonrisa.

Dicen que son originarios de San José de Bácum y que tienen unos 10 hijos. Cuando éstos crecieron y empezaron a migrar a Nogales, quisieron que sus padres también se fueran a la ciudad fronteriza.

La casa de la pareja ahora es cerca de un represo, en un terreno que, según recuerdan, les costó 31 mil pesos. Luz y Francisco viven en la invasión Luis Donaldo Colosio, el asentamiento humano irregular más grande de todo México.

Su extensión territorial es de 316 hectáreas. Ahí donde todas las calles son de tierra, donde no hay agua potable ni drenaje, y donde sólo hay luz eléctrica en algunas casas, ahí habitan 27 mil familias.

En Nogales coexiste el asentamiento irregular y el fraccionamiento formal más grandes del País. La invasión Colosio inició en 1996, mientras que San Carlos, con 161 hectáreas y más de cinco mil viviendas regularizadas, existe desde 1994, refirió Samuel Arroyo Lozano, ex director del Departamento de Planeación de Desarrollo Urbano y con cédula profesional de Master en Gestión de la Ciudad y Urbanismo por la Universidad Oberta de Catalunya (UOC) en Barcelona, España; habló sobre los problemas que existen en el sector Colosio.

“La invasión Colosio es un fenómeno social que se explica por la ubicación geográfica de la ciudad, pues la frontera representa una oportunidad de desarrollo para miles de personas”, subraya.

Feliz con su “ranchito”

“Aquí tengo mi ranchito”, dice José María Orvalejo al mostrar su casa. Habla con prisa, no deja de jugar con las llaves que tiene en sus manos. Se acerca a la entrada e invita a pasar.

Al abrir, se escucha música de banda; la tenía en volumen alto, menciona, porque estaba lavando su ropa. Frente a la puerta hay un sillón y, junto a este, unos 50 peluches acomodados en un estante: “Es lo que me nace a mí coleccionar”, comenta.

Orvalejo también muestra su cocina, donde están su estufa, su refrigerador y una mesa. Sobre esta última, está la taza de café que dejó servido hace rato, y en una de las paredes tiene cuidadosamente acomodados sus sartenes y utensilios de cocina.

En la otra pieza, la de su recámara, sólo hay espacio para su cama, en cuya cabecera está una imagen descolorida de la Virgen de Guadalupe.

José María asegura que todos los días, al despertar y al dormir, agradece y se encomienda a Dios.

A cada oportunidad, refiere que su casa la construyó él mismo, que la mantiene con esfuerzo propio y que el único apoyo que hay es entre los vecinos, porque las autoridades no llegan.

“Aquí para nadie hay ayuda”, repite en varias ocasiones.

Uno de sus vecinos es Jesús Escalante. Él llegó a la invasión hace seis años, y es de los pocos residentes, hasta el momento, que ha podido regularizar su terreno y tener legalmente la propiedad, pero ello no disminuye las carencias.

En el exterior de su casa hay varios carros y partes de vehículo; Jesús explica que desde hace tiempo trabaja como mecánico para sacar los gastos de él y de su esposa.

“Estoy haciendo trabajitos de mecánica aquí y ahí donde podemos, porque está muy mal el empleo, ¿me entiende?”, dice.

Una vez al mes, paga 120 pesos para que le llenen el tinaco de agua, que deben hacer rendir entre el baño y el lavado de ropa; para consumir y cocinar tienen que comprar garrafones.

No cuentan con drenaje, ni el servicio de luz, afirma, lograron tenerlo después de andar “moviéndole bastante para que lo pusieran”.
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