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Degradación del poder

El poder puede usarse para hacer el bien o para lo contrario.

De acuerdo con Moisés Naím, escritor venezolano, el poder es “la capacidad de dirigir o impedir acciones actuales o futuras de otros grupos o individuos. O, dicho de otra forma, el poder es aquello con lo que logramos que otros tengan conductas que, de otro modo, no habrían adoptado”. Esa capacidad depende del lugar que se ocupa en el mundo del dinero, de la política, de la religión, del conocimiento, etc.

El poder puede usarse para hacer el bien o para lo contrario; Naím señala que ese poder se está degradando en el siglo XXI; dice que ahora es más fácil adquirirlo, más difícil utilizarlo y más fácil perderlo. Es a lo que se refiere con la degradación, que se explica por la dispersión o falta de concentración del poder y también tiene que ver con la democratización de la información cuya cobertura es prácticamente universal: Nadie o muy pocos son ajenos al uso de la Internet.

En México, las redes sociales carcomieron el poder que alguna vez tuvieron los poderosos magnates de la televisión y la radio. Televisa primero y luego TV Azteca gozaron del monopolio de la comunicación nacional. Eran la oficina de divulgación del Estado y ello les granjeaba enormes recursos que ahora resultan inimaginables. Esas redes facilitaron el surgimiento de nuevas fuentes de poder y persuasión como la que representó el subcomandante Marcos quien utilizó con maestría su forma de comunicación para convertirse, en la segunda mitad de los noventa, en un atractivo actor de la vida pública nacional. 

Esas mismas redes abrieron la rendija para que el poder empezara a democratizarse y generara nuevos protagonistas. Por ejemplo, en Jalisco permitió la hazaña de Pedro Kumamoto, un joven que usó espléndidamente las tecnologías de la información para posicionarse en la arena electoral en esa entidad. El mismo fenómeno se repitió, a escala mayor, con el triunfo del “Bronco” en Nuevo León en 2015. 

La idea de que el poder se consigue con cierta facilidad, pero al mismo tiempo se complica su ejercicio y puede perderse sin mayores dificultades, como sostiene el escritor venezolano, no puede generalizarse. Hay casos en los que aplica ese patrón y otros en los cuales no sucede así. Los ejemplos de Kumamoto y del “Bronco” prueban la hipótesis de Naím; ambos ganaron con relativa facilidad el poder, pero no pudieron o no pueden ejercerlo correctamente. El tapatío de hecho sucumbió cuando se postuló para un escaño en la Cámara Alta. 

Todo indica que con el Gobernador de Nuevo León se repetirá esa película. Como es sabido, el mandatario norteño obtuvo la victoria con un amplio margen, pero ya en el poder no ha podido cumplir con las expectativas que desencadenó su sorpresivo triunfo. No ha podido hasta el momento construir una plataforma electoral que garantice que su proyecto político sea votado en las próximas elecciones.  

El caso de López Obrador parece ir en sentido contrario a las ideas del escritor sudamericano. Ha cumplido los primeros siete meses al frente del Gobierno federal y la sensación de que posee mayor poder se afianza conforme caen las hojas del calendario. Aunque con dificultades y tropiezos, pues no pudiera ser de otra manera, consolida su liderazgo según los sondeos de opinión recientes que muestran que aún cuenta con la aceptación de alrededor del 70% de los mexicanos. 

Este afianzamiento y el plus que le confiere contar con la mayoría en el Congreso federal, le ha abierto las puertas para cumplir la parte medular del proyecto de transformación nacional propuesto en campaña. Por lo menos eso se desprende cuando afirma que ha cumplido 78 de los 100 compromisos que hizo en el Zócalo en diciembre de 2018. 

En síntesis, la degradación del poder anunciado por Moisés Naím no aplica para el caso mexicano, o aplica en ejemplos particulares. Esta reflexión procedería para varios de los alcaldes sonorenses que ganaron con relativa facilidad, pero a la hora de ejercer el poder se muestran tremendamente ineficientes. Yas veremos cómo les va en las urnas. 

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