Construye el rancho de sus sueños
"La Rinconada" comenzó como un lugar familiar de descanso y convirtió en un proyecto donde se practica el cuidado por la naturaleza.
Paso a paso, Eduardo Velázquez Leyva construyó con sus propias manos el lugar de sus sueños, un rancho en la zona serrana de Sonora donde practica junto con su familia un estilo de vida rural.
Cuenta que “La Rinconada”, como llamó al rancho, es de ensueño, con altos árboles de encino y otras especies, lagunas, riachuelos y arroyos que corren cercanos, animales de pastoreo, árboles frutales, miles de flores, el aroma del campo y un cielo maravilloso.
En ese lugar, ubicado en la Sierra Huérfana de Pueblo de Álamos, en el Municipio de Ures, Eduardo edificó una cabaña con el propósito de ir con su familia los fines de semana, pero ahora es su proyecto de vida, para una vez que se retire.
Su idea es también enseñarle a sus nietos el respeto hacia la Tierra, a los animales, a hacer más con menos recursos, a no sobreproducir, a que logren un equilibrio como la naturaleza lo hace con sus procesos y a vivir más tranquilo y pausado.
La vida rural, el campo, pues te ayuda a vivir un poco más de años, ya que estás en contacto con la naturaleza, y siempre hay algo qué hacer, yo creo que está mal visto eso de decir ‘te vas a retirar’, pero no es de irte a acostar, sino que siempre estás haciendo algo”, explica.
En el lugar no hay electricidad, pero no se necesita, comenta Eduardo. A veces para alumbrar un poco en las noches, utilizan veladoras o algunas lámparas y el lugar es fresco, por lo que en verano no utilizan tampoco ventiladores.
El concepto de vida en “La Rinconada” adopta los postulados de la permacultura que señalan que todo lo que el humano necesita para vivir lo tiene a su alrededor, como el Sol, el viento, la gente, construcciones, piedras, mar, aves, animales y plantas.
EN ARMONÍA
La unión y cooperación de todos estos elementos trae armonía y la oposición a ellos genera desastre y caos.
“Nos ponemos a hacer pan, queso, en los ratos libres, y también por qué no, te puedo decir que descansas muy a gusto porque la altura que tiene la cabaña es mil 600
metros sobre el nivel del mar, estamos hablando de una altura más o menos como la ciudad de Guadalajara. Todo el año tenemos buen clima. No hay electricidad, pero no la ocupamos”.
Eduardo y su familia, así como los invitados que van al rancho, consumen lo que se produce en el lugar, donde la mayoría de las frutas y verduras son orgánicas. En época de lluvias suelen sembrar calabaza sehualca, calabacita italiana, pepino y maíz.
Tienen también gallinas ponedoras de libre pastoreo y siembran frijol pinto. De vez en cuando sacrifican a un “cochito” o un borrego, y se regala la carne, guardan los huesos para luego hacer caldo con los llamados “huesos oliscones”.
“Se va adaptando uno al entorno y no hay necesidades si sabemos hacerlo, sabemos secar la carne, guardar la calabacita italiana, de comer, pues muchas cosas, queso a diario y leche bronca, como le dicen, con su cafecito”, presume.
El ahora ranchero tiene un amor por la naturaleza tan grande que lo combinó con otra de sus pasiones: La fotografía y “La Rinconada” tiene los escenarios perfectos para captarlos por su lente que orgulloso comparte en su cuenta de Facebook.
El día en el rancho comienza muy temprano, resalta Eduardo, pero también se duerme temprano, además de que no hay televisión porque no ha querido llevar una, y se acompaña de un radio satelital para estar informado.
Una vez que se levanta y toma café, comienzan las labores del campo: Deshierbar las siembras, cabalgar para arriar a los animales, recolectar chiltepín si es temporada.
“Dependiendo de la temporada es como viene el trabajo, no es nada más llegar y ver qué hay, tenemos que conocer la sierra, conocer el lugar para poder adaptarte, si ya estás adaptado, si conoces el entorno, no te enfadas y siempre tienes algo qué hacer”, dice.
La cabaña la fue haciendo con sus propias manos, expresa, cuando tenía vagos conocimientos sobre construcción, después le dieron vida a un pequeño lago a un costado de la casa para darle más vista y hacer agradable el entorno.
Aunque parece simple, Velázquez señala que el campo también requiere de estudio, por ejemplo, a veces hay que ayudarle a una vaca a parir, conocer las temporadas de siembra, deshierbar para darle tierra a los cultivos, cuidar a las gallinas de los depredadores, entre otras actividades.
Las raíces de Eduardo están en el pueblo, en el campo, es originario de Villa Hidalgo, de joven se fue a Hermosillo a estudiar, pero tiene planeado regresar a la naturaleza para tener una vida mejor y ayudar en parte a mejorar el entorno.
“Yo creo que hay que cuidar el entorno en el que estamos desenvolviéndonos”, agrega, “yo a diario estoy cuidando la naturaleza, ¿de qué forma?, sembrando un árbol, podándolo, dándole tierra o abonándolo, nunca destruyendo, porque con eso no estamos contribuyendo”.
Afirma que en la Sierra donde está ubicada “La Rinconada” no había pinos y él y su familia los llevaron, ahora tienen cinco pinos ya grandes, de los que están orgullosos, porque con su siembra contribuyeron a llevar una nueva especie.
VOLTEAR A LA NATURALEZA
Sobre la importancia de cuidar la naturaleza, dice que se podría hacer más si la gente volteara a ver más el campo como un ecosistema que ayuda a combatir la contaminación de los procesos que se realizan en las ciudades.
Por ejemplo, dice, el campo contribuye a aminorar los efectos del cambio climático que ya están impactando con menor cantidad de lluvias, temporadas de calor más prolongadas y huracanes de mayor intensidad.
“El mundo está cambiando poco a poco, muchas generaciones no lo ven, pero son las mismas generaciones que no hicieron nada por ello”, señala, “el cambio climático ya lo estamos viendo, hay calores muy fuerte donde no hacía calor, lo estamos viviendo ya”.
Grupo Healy © Copyright Impresora y Editorial S.A. de C.V. Todos los derechos reservados