Caso Erick: “No he perdido la esperanza de dar con los restos de mi hijo”
Aún con los años a cuestas y la salud deteriorada, Alma es un ejemplo de fe en la lucha de las madres que buscan a los hijos que les han sido arrebatados y cuyo paradero es desconocido.

En los 27 años de no saber la suerte o el paradero de su hijo, Alma Díaz ha caminado un tortuoso camino en el que no solo ha sobrellevado su ausencia, sino que ha luchado para buscarlo y ha participado activamente como ciudadana para exigir al gobierno que no deje el caso impune, que evite que más casos se repitan y también ha ayudado a otras madres a buscar a sus hijos.
Con los años a cuestas y la salud deteriorada, Alma Díaz, hoy de 68 años de edad, ya no puede salir a los baldíos, los drenes, parcelas y despoblados para buscar los restos de Erick, su hijo, un agentes de la Policía Municipal, pero tiene una fe inquebrantable que le dice que lo encontrará, antes de partir de este mundo.
Alma Díaz es un ejemplo de la lucha que cientos de madres ahora enfrentan para dar con sus hijos que les han sido arrebatados y cuyo paradero es desconocido, pues desde hace 27 años no ha claudicado para hallarlo y que otras no pasen lo que ella vivió.
En el marco de la conmemoración del Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada, Baja California cuenta con una cifra de 1 mil 262 bajacalifornianos de quienes simplemente no se volvió a saber más desde 1995, el año en que desapareció Erick, el hijo de Alma.
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VOLVIÓ POR UNOS CASSETTES
La tarde del 7 de junio de 1995 fue la última vez que lo vio. Erick había vuelto por una caja con cassettes de música que llevaría a la fiesta de un jefe de la Policía Municipal, en el fraccionamiento Jardines del Lago.
Ese día, recuerda Alma, ella y su hermano le compraron una camisa para que fuera a la fiesta, porque él no tenía dinero en ese momento. Erick se alistó y se despidió de su mamá, quien desde entonces no sabe nada de él.
Cuando ella fue a buscarlo a la casa de Ramón Molina, el jefe policial al que le realizaron la fiesta, este le dijo que su hijo y otros agentes habían sido comisionados a Tijuana, que no se preocupara y volviera a su casa, que ellos regresarían en unos días.
Pero no fue así. Alma tuvo que investigar por su cuenta para saber que a Erick lo mandaron a darle un aventón al hombre que había preparado el banquete de la fiesta junto con otros agentes fuera de servicio, pero ya nunca supieron de ellos.
“Todos estos años me ha quedado claro que en esa fiesta él escuchó o vio algo o alguien que no debía, que él sabía que estaba mal, y que no sería parte de ello, y por eso lo desaparecieron”, expresa Alma.
LUCHA, ESTIGMA, IMPUNIDAD
La desaparición de su hijo Erick, por sí sola, fue devastadora para Alma. Con todo ello, tuvo que enfrentar la indiferencia, la apatía, el desinterés y el desprecio de funcionarios municipales, estatales y de administraciones que no buscaron a su hijo.
Desde abajo y contra corriente, Alma se unió con otras madres y mujeres que denunciaban la desaparición de sus familiares, hijos, esposos.
Ella recuerda que en medio del dolor, una parte de su familia le dio la espalda. El ser desaparecido era un estigma.
“Por algo les pasó”, “eran malandros”, “de seguro andaban en algo”, eran frases que Alma escuchó con frecuencia, que avivaba el estigma de ser un desaparecido y que, por lo tanto, no “merecían” ser buscados.
Esa última frase, asegura que un funcionario estatal se la recalcó. La investigación la tuvo que hacer por su cuenta.
Algunos compañeros de Erick, bomberos, policías y paramédicos, hicieron indagatorias por su cuenta y le dieron la información a Alma, quien la llevó a la entonces Procuraduría General de Justicia del Estado.
“Les llevé fotos de carros, de casas donde lo habían tenido, y hasta la fecha, no sirvió de nada, fue como si diera gritos en el desierto”, expresa. “Aquí dejé mi salud, en las búsquedas, en exigir justicia”.

TODO SE DESMORONA
Erick entró a los 18 años a la Policía Municipal. Descubrió su vocación al estar en contacto con policías que acudían a lavar sus patrullas en el carwash en el que él trabajaba. Junto con un amigo ingresó a un curso en la II Región Militar, y posteriormente se dio de alta en la corporación.
“Nunca vi maldad, duró muy poco tiempo, no tenía carro propio, vivía en una casa prestada de su hermano, no traía alhajas o fajos de dinero”, comenta. “Y aunque los hubiera tenido, es mi hijo, y yo quiero saber dónde está, dónde quedó”.
Dos años después de su ingreso a la corporación, Erick desapareció. En su casa quedó su esposa y sus dos hijos. Alma dejó de trabajar, enfermó y fue hasta meses después tomó fuerzas para comenzar la lucha.
“No busco culpables, que por amor a sus hijos, a su madre, me digan por dónde ir a sacar a mi hijo y darle cristiana sepultura, es lo único que pido, no busco venganzas”, dice Alma, quien a los 15 años de la desaparición de Erick, realizó una misa en la que se lo “entregó a Dios”.
“¿Ha pasado por su mente alguna vez esa idea de no llegar a saber dónde está su hijo?”, le pregunto. “No”, responde tajante. “Tengo mucha fe, un Dios y una esperanza muy grande, de que un día voy a saber dónde están los restos de mi hijo (…) sé que alguien se va a tentar el corazón y me va a decir dónde está”.
CIFRAS
Este martes, los colectivos de buscadoras realizarán un homenaje a sus familiares desaparecidos en el Jardín de la Memoria, ubicado en el Centro Cívico de Mexicali, en el marco del Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada.
De acuerdo al Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, desde 1995, otros 1 mil 262 personas se encuentran en la misma situación de Erick Díaz, es decir, no se sabe nada de ellos, no han sido localizados vivos o muertos.
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