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"¿Pueden 35 gramos de acero y un gramo de pólvora destruir a una familia?": Sara Jaramillo Klinkert, sobre su novela "Cómo maté a mi padre"

La escritora colombiana relata en su primera novela cómo fue vivir con la ausencia de su padre, quien fue asesinado cuando ella tenía 11 años, pero sobre todo el efecto devastador que tiene el silencio en una familia.

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Por Alejandro Millán Valencia - HayFestivalDigitalColombia@BBC Mundo

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Sara Jaramillo y su padre, Pompilio Jaramillo
Sara Jaramillo
Sara Jaramillo en brazos de su padre, Pompilio Jaramillo, quien murió asesinado en Medellín cuando ella tenía 11 años.

Sara Jaramillo Klinkert, escritora y periodista colombiana, se revuelve en sus propios miedos, vacíos, recuerdos y culpas para contar cómo el asesinato de su padre cuando ella tenía 11 años la marcó para siempre.

Y se pregunta: "¿Pueden 35 gramos de acero y un gramo de pólvora destruir a una familia?"

Pero aunque es un relato familiar, tan personal como un diario, su primera novela "Cómo maté a mi padre" se convierte a la vez en un retrato íntimo de una época que marcó a Colombia, y en especial a Medellín, que todavía sigue sin saber exactamente qué pasó en aquellos años horripilantes.

Jaramillo también expone como el silencio es una arma mortal que puede terminar de destruir las vidas de quienes se niegan a hablar de sus demonios y explora las maneras de despojarse de esos horrores que pueden ayudar a restablecer los recuerdos de un ser querido.

Con motivo del Hay Festival en Medellín, celebrado a finales de enero, BBC Mundo conversó con Jaramillo Klinkert de esa experiencia de escribir sobre el asesinato de su padre y lo que ha pasado con su vida tras la publicación de la novela.


¿35 gramos de acero y un gramo de pólvora, la fragmentación de una tragedia, pueden realmente destruir una familia, como tú afirmas?

Es una frase sobre la que he reflexionado mucho. Es algo, que después de publicado el libro, me di cuenta que sí, que sí puede llegar a destruirla. Yo en el libro hablo de mi madre, de mis hermanos, y evidentemente de cómo la muerte del padre nos cambió la vida.

Unos lo superamos mejor que otros, porque está por ejemplo lo que le pasó a mi hermano Pablo (que cayó en las adicciones y estas lo llevaron a la muerte), entonces digamos que yo creo que sí puede llegar a destruirla.

Pero mira, lo paradójico y lo bonito de este libro es que, aunque esa bala logró destruirnos por momentos y nos causó mucho dolor, hoy en día nos está trayendo alegrías. El libro ha sido algo muy grande no solo para mí, sino para mi mamá que también lo ha gozado, para mis otros hermanos...

Y es muy paradójico para todos nosotros que eso que fue tan doloroso ahora nos traiga esta felicidad. También queda claro que el poder de la familia es lo que puede ayudar a recomponer las cosas después.

Sara Jaramillo
Sara Jaramillo
Sara Jaramillo Klinkert es escritora y periodista colombiana.

Has dicho que después de la publicación del libro has logrado que tu madre hablara de cosas que antes no hablaba…

No solo mi madre. Todos, incluida yo misma, no hablábamos de ese tema. Siempre que a mí me preguntaban, yo simplemente decía "mi papá se murió" y ya.

Yo no era capaz de pronunciar las palabras "a mi papá lo mataron". Hasta que, en una conversación con una amiga muy cercana, ella logró que yo le contara que mi papá había sufrido un atentado, que lo habían baleado. Entonces se quedó mirándome y me dijo: "Sara, tú papá no se murió, a tu papá lo mataron, eso es muy distinto".

Y mira que estaba en la universidad, que ya había pasado mucho tiempo. Entonces como te digo, no era solo mi mamá, era yo misma la que no hablaba. El tema de mi papá solo se mencionaba dos veces al año. Uno, cuando cumplía años, y el otro, el 17 de mayo, que mamá decía "hace tantos años que se murió el papá". Y ya. Ese silencio nos cubría a todos.

Es notorio cómo la culpa construye tu relato y, sobre todo, me he preguntado al leerlo: ¿después de un horror como el asesinato de un padre, en dónde termina toda esa culpa?

Es muy curioso, porque ese tema de la culpa ha cambiado de lugar muchas veces. Yo recuerdo que cuando estaba más chiquita yo le echaba la culpa al papá. Al principio no teníamos mucha información de lo que había pasado, pero luego en algún momento me di cuenta de que al papá lo estaban amenazando.

Y a mí me dio mucha rabia con él. Yo pensaba, si estaba amenazado, ¿por qué seguimos viviendo en Medellín? ¿Por qué no hicimos la vida en otro lado?

Entonces durante muchos años la culpa se la pasé a él. Pero no con rabia ni con odios, sino como una pregunta que sí me hice muchas veces.

Y luego le echaba la culpa a la ciudad. "¿Por qué esta ciudad es tan violenta?" Sobre todo, cuando me fui a vivir a Londres. Esa fue la primera vez que yo me desapegué de mi familia, la primera oportunidad que tuve de vivir sin ellos. Y claro, estaba en otra ciudad donde había otra dinámica, las cosas funcionaban de otra manera.

El tema de la seguridad era distinto. Era inevitable comparar, y entonces la culpa se la comencé a echar Medellín, porque yo decía que el problema era la ciudad. Porque siempre creí pensando que todas las ciudades eran violentas y en Londres me di cuenta que no era así.

Pero me cansé de buscar culpables. Una de las cosas que traen los años es que uno se da cuenta de que hay cosas que no se pueden cambiar. Y por más culpas que echara, nada me iba a devolver al papá.

¿Cómo se comparte el recuerdo de un padre que ya no está con los otros hermanos?

Al principio no teníamos mucho para compartir. Yo sentía que tenía un hueco, y que simplemente ese hueco no se llenaba con nada. Lo digo en el libro, que los zapatos de él estuvieron ahí, acumulando polvo, y nadie quiso cambiar el lugar de esos zapatos. Estaba claro que él no iba a volver por mucho que nos diéramos golpes en el pecho.

Y eso hizo que nos resignáramos a esa ausencia. Y sí, siguió doliendo, seguimos buscando culpables, pero ese vacío lo llenábamos con silencio. No hablamos de él.

Pero pasó algo impresionante con el libro. Los trillizos (los hermanos menores de Sara) alcanzaron a vivir algo con él, pero me acuerdo que cuando mi hermano David, uno de los tres, leyó el libro, me dijo: "yo no sabía tantas cosas de papá". ¡Yo no se las había compartido! ¿Me entendés? No solo que no hablamos de la muerte, sino que además no ayudamos a construir esos recuerdos para ellos, ese imaginario del papá. Y eso me pareció muy triste. Y él leyó el libro con mucho cariño, pero también con mucha extrañeza al no haberse enterado de tantas cosas.

Entonces, así como no hablamos durante tantos años, ahora a raíz del libro no es raro que nos sentemos a hablar de él.

Y hemos comenzado a sumar recuerdos. Es algo muy bonito, como si yo hubiera puesto una primera piedra con el libro, pero ellos también siguieron poniendo.

Hemos estado reconstruyendo ese personaje, que durante toda la vida fue tan innombrable. Es algo muy valioso que nos habíamos negado como familia.

Ahora ya lo nombramos. Y la gente me pregunta por él, yo ya puedo hablar de él y hoy lo siento más cercano que hace 30 años.

Vive en una ciudad a la que llaman "la ciudad de la eterna primavera", cuya principal fiesta es la Feria de las Flores. ¿Cómo hace para crecer en medio de eso, cuando uno de sus recuerdos más tristes es el velorio de su papá y habla del trauma de esos adornos florales que hacen que cuando entra en una floristería se le "revuelva el estómago"?

Sí, eso me pasa cuando entro a una floristería. Pero a la vez me gusta cultivar las flores. Nunca vas a ver un jarrón en mi casa con flores cortadas. Y de eso también me di cuenta escribiendo el libro, que yo nunca había comprado flores, que las había sembrado siempre. Y eso es lo bonito de escribir, que te obliga a hacer unas conexiones que de lo contrario nunca harías. Y yo creo que la declaración más grande que uno puede hacer de amar la vida es sembrar una planta.

Para mí, entrar a una floristería es como el camino fácil. Solo quien cultiva una flor sabe de todo el trabajo que tiene regalarla, abonarla, esperar que crezca.

Es cierto que una flor cortada la asocio completamente a eso, a velorios, a esa etapa de mi vida donde en mi casa había tantas flores cortadas y llegaban tantos arreglos florales.

Pero eso estaba muy en el subconsciente, esa relación la vine a hacer cuando escribí el libro.

Hay una intención de no nombrar a Medellín en la novela, ¿le tiene miedo a la ciudad a raíz de lo que sucedió?

Eso fue completamente a propósito. Cuando comencé a darme cuenta de que tenía esta historia para contar, también me di cuenta que estaba enmarcada en esa Medellín de los 90, de Pablo Escobar, de los sicarios, que tanto se ha contado en películas, series e incluso en otros libros.

Pero tuve muy claro desde el principio que yo no quería contar la historia de esa ciudad, sino que yo quería contar la historia de mi familia y cómo la ausencia de un miembro de la familia puede cambiar el destino de los demás miembros que quedan vivos, independientemente de que eso hubiera ocurrido en Medellín o en cualquier otra parte del mundo.

Hice todo lo posible por sacar a los sicarios, a Pablo Escobar, a la Medellín de esos años del relato. Yo siento que eso se ha contado mucho y se ha contado muy mal.

Yo misma estoy cansada de esa historia de Medellín y no es algo que quiera leer ni ver en series o películas y por supuesto lo que menos quería era que mi libro hablara de eso.

Ahora, la historia de la generalidad de Medellín se ha contado mucho, pero muy poco la historia de la vida privada de las personas que la sufrieron. Y yo me he dado cuenta de que mi historia es el reflejo de lo que les pasó a muchas familias en la ciudad.

Sara Jaramillo y su familia.
Sara Jaramillo
Sara Jaramillo (der.) junto a su padre y sus otro cuatro hermanos.

Y desde su punto de vista, ¿qué le aporta este relato a esa historia de violencia de la ciudad?

Yo creo que le aporta mucho, en tanto en la ciudad nos falta mirarnos a nosotros mismos, repensarnos como sociedad. Lo que compone a Colombia hoy en día son un montón de familias con un montón de tragedias. Yo a veces me pregunto de dónde sale todo ese odio, aquí todo el mundo es como a las patadas, nadie quiere estar aquí, ¿de dónde sale esa rabia? De eso sale: de que este país está compuesto de miles de pequeñas familias con grandes tragedias, las cuales no se han visibilizado.

Del tema de la violencia se ha hablado mucho, pero esas historias no se han contado. Nos hace mucha falta mirarnos para entendernos como sociedad. Para entender ese cuadro que nos han pintado de esa Medellín terrorífica hay que entender las tragedias de las familias, que son como las pinceladas de ese cuadro.

Que esta historia sea una puerta para que la gente comience a hablar de cómo nos afectó esa época.

¿Por qué? Pues porque el país lo componemos todos, los buenos, los malos. Entonces espero que nos enseñe que hay que mirarnos a nosotros mismos, hablar de nuestras propias tragedias, hablar de nuestros propios dolores sin buscar culpables, sin señalar al Estado.

Yo creo que es un trabajo que tenemos que hacer al interior de cada uno. Lo que pasa es que aquí estamos muy acostumbrados a exponer la tragedia y señalar un culpable con el dedo. Yo creo que el ejercicio es distinto, es como mirar dentro de uno, que es más difícil porque a nadie le gusta ver su propia oscuridad.

Eso duele mucho. A mí me dolió mucho hacer este libro precisamente por eso, porque implicaba mirarme a mí y ya dejar de buscar culpables.

Mirar dentro de mi familia qué pasó y por qué cada uno actuó de la manera que actuó. Yo sí aspiro a que hagamos ese ejercicio, a ver si esta sociedad avanza un poquito.

O sea, no hemos hablado de la violencia que nos ocurre, por eso seguimos cayendo en la misma violencia…

No hemos hablado de la violencia dentro de la vida privada de las familias, de la violencia se ha hablado mucho, pero mira que siempre es como muy general. Siempre es como la nota de noticiero donde se generaliza un montón. Y no, las violencias les ocurren a las personas.

Los muertos son una personas que tenían un nombre, un apellido, una familia, una ocupación y que dejaron cosas detrás después de morir.

En el libro logro demostrar que eso es como un dominó, que una persona por pequeñita que sea logra que ese dominó mueva una familia entera, eso pesa mucho porque esas pequeñas fichas componen el país.

Entonces digo que más que hablar de la violencia, de la que hemos hablado mucho, hay que hablar desde el interior de las familias y ver cómo esa violencia afecta a cada uno.

En libro se lee: "Ahora siento ahora más respeto que cariño", hablando de su padre. ¿Se va el amor, se diluye el amor por el padre?

Hasta que escribí el libro, el tema del papá era como un hueco. Era un tema muy distante, que siempre evitábamos. Entonces era como una relación muy fría. Yo me preguntaba, si a mí se me apareciera el papá hoy, ¿yo qué haría? ¿Me le abalanzo?, ¿me lo como a picos, me desatraso de todos los besos que no le podido dar en la vida? ¿Qué hago?

Y como el recuerdo lo tengo tan lejano, yo no sé si en ese momento sería capaz de colgarme como me le colgaba cuando era niña o si lo vería ya muy lejano y muy extraño como para hacer algo así.

Antes de escribir el libro, sentía que la relación con él era como que lo admiraba mucho, porque era ese ser mítico con el que habíamos crecido y al que habían matado. Pero luego del libro ocurrió lo que te decía, ya él se volvió otra vez un personaje muy presente en la familia, un personaje al cual sí nombramos y del cual hablamos, entonces hoy en día sí siento que quisiera volver a verlo y que si se me apareciera no dudaría en colgarme como me le colgaba cuando era niña.

Y eso ha sido especial, porque mira que el libro logró hasta cambiar ese sentimiento, recuperar ese amor que yo sentía que se había perdido. Que se había diluido en el tiempo, pues como se diluyen todas las cosas que uno deja de ver en el día a día.

Hay unaparte del libro muy poderoso: las mujeres de Medellín se miden por la cintura. ¿Cómo es crecer en una ciudad con esa mirada de las mujeres tan atroz?

Eso lo metí en el libro porque soy de aquí y viví completamente esa época. Sé cómo son las mujeres aquí. Me da mucha tristeza, pero acepto que así es. Digamos que a pesar de que vivía en la finca, estaba en un colegio de niñas y en un colegio de niñas en Medellín, en la Medellín de esa época, donde tenía un montón de compañeras anoréxicas. Eso era lo normal: medirse la cintura en los recreos y juzgar lo que se come la una o lo que se come la otra.

O sea, abstraerse de eso es muy difícil, especialmente cuando no hay otro mundo distinto al colegio. Me tocó vivirlo porque allí era donde estudiaba y eso era lo que veía todos los días. Hoy en día, que tomo distancia, me parece una cosa horripilante. Me parece muy triste ver que sigue pasando y me parece muy triste ver que tengo compañeras de mi edad que están preocupadas por este tipo de cosas.

Y yo digo, está bien a los 16 años preocuparse por eso, pero a los 40 uno ya no puede estar pensando en ese tipo de pendejadas. Y hay gente que sigue anquilosada en ese mismo tema. Digamos que sí, que es lo que compone Medellín, que detrás de esa frase hay un mundo inmenso.

Lastimosamente lo sigo viendo en las niñas más chiquitas que tengo cerca y me parece tristísimo que siga ocurriendo.

Sara Jaramillo Klinkert
Sara Jaramillo
Jaramillo Klinkert nació en Medellín, donde transcurre gran parte de la novela.

Otro tema que aborda de algún modo son las adicciones y en el libro usted acepta que los problemas de drogas no se hablaban en la familia...

Yo pensaba mucho en eso y el problema lo sitúo en una característica que es incluso muy latinoamericana, no es sólo colombiana, y es la importancia tan grande que le damos al qué dirán, que en todo momento nos está importando mucho lo que dice el vecino, qué piensa este de mí, qué dijo el otro.

Eso yo no lo pasé las dos veces que viví en Europa. Allá cada uno tiene su vida y nadie se mete en la vida del otro. Nadie le pregunta a usted ni siquiera qué hace.

En Colombia conocemos a alguien y lo primero que le preguntamos es qué hace. Y detrás de esa pregunta, lo que queremos saber es en qué trabaja para calcular cuánto gana y saber en qué posición social está.

Y eso me parece fuertísimo y solo me vine a dar cuenta cuando tomé distancia y viví fuera. No me había dado cuenta que éramos así de horribles.

Y con esto lo que dejo en claro es que todas las familias, ricas, pobres, de donde sean, todas tienen problemas. Yo no conozco la primera familia que no los tenga. Simplemente es que no hablamos de ellos.

Yo logré hablar de los que teníamos nosotros, logré destaparlo y me quité este peso de encima, de estar ocultando que mi hermano era drogadicto, que a mi papá lo mataron.

Eso es muy liberador, hablar de lo que a uno le pasa, porque es el mundo donde estamos y en el mundo pasan muchas cosas, esa es la consecuencia de estar vivos y de ser humanos. Pero ese 'qué dirán' todavía rige mucho nuestro comportamiento como personas y como familias.

Por último, hay una omisión grande del nombre de tu papá en el libro...

Eso ha sido muy intencional y te voy a decir por qué. Porque eso es como una crítica. Es una crítica a que en el año 1991 hubo tantos muertos en Medellín, pero tantos muertos, que ninguno tiene nombre, todos son como una estadística, un número más.

Y entonces lo quise hacer así adrede, porque en esa época se podía morir quien fuera y al otro día era simplemente un número que sumaba más en la estadística. Y a mí eso siempre me perturbó mucho, me pareció súper triste.

Es como por hacerle juego a esa tristeza que me dio saber que mi padre no tenía nombre en esa época cuando lo mataron.


Este artículo es parte de la versión digital del Hay Festival Cartagena, un encuentro de escritores y pensadores realizado en esa ciudad colombianadel 22 al 31 de enero de 2021.


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