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Un agricultor de España entregó las semillas que su familia ha conservado durante 200 años para evitar que desaparezcan dos variedades de calabaza tradicionales que podrían perderse con el abandono de las huertas

La calabaza amarilla de Panzano y la variedad Rabique pasaron a manos del divulgador Ismael Ferrer para preservar su legado agrícola y gastronómico. El relevo busca impedir que se pierdan semillas que han sobrevivido durante generaciones en una región rural cada vez más despoblada

Un agricultor de España entregó las semillas que su familia ha conservado durante 200 años para evitar que desaparezcan dos variedades de calabaza tradicionales que podrían perderse con el abandono de las huertas

Francisco Bescós, agricultor de 73 años de Panzano, en la provincia española de Huesca, entregó las plantas germinadas de dos variedades tradicionales de calabaza que su familia ha cultivado durante generaciones. La decisión busca asegurar que ambas sigan reproduciéndose ahora que él dejará de trabajar su huerta.

De acuerdo con información publicada por Xataka, las variedades, conocidas como calabaza amarilla de Panzano y calabaza Rabique, quedaron bajo el cuidado de Ismael Ferrer, profesor de cocina y divulgador especializado en productos tradicionales de Aragón. Su tarea será mantener vivas estas semillas y evitar que se pierda una parte de la historia agrícola de la región.

Bescós ha contado que la calabaza amarilla de Panzano se conserva en su familia desde la época de sus abuelos y que sus características se han mantenido durante unos 200 años. Además de cultivar la tierra, el agricultor ha dedicado parte de su vida a estudiar la historia y las costumbres de su localidad.

¿Qué hace especiales a estas calabazas tradicionales?

Las dos variedades tienen características y usos diferentes. La calabaza amarilla de Panzano destaca por el tamaño y el color amarillo de sus frutos maduros, así como por una pulpa firme y un sabor particular. Según la descripción de Ferrer, también presenta buena resistencia a enfermedades y permite conservar mejor el fruto después de cosecharlo.

Estas cualidades tienen importancia para el cultivo y la conservación de las semillas, pues permiten mantener rasgos que se han seleccionado a lo largo del tiempo. No se trata de una especie distinta de calabaza, sino de una variedad tradicional con una combinación genética propia.

La segunda variedad, conocida como Rabique, está vinculada con la gastronomía tradicional. Se utiliza para preparar el pastillo, un dulce elaborado con masa de pan, huevo, aceite, anís y azúcar, que puede rellenarse con nuez, manzana o calabaza.

Este postre forma parte de las tradiciones culinarias de zonas como Ribagorza y Somontano, donde se consume especialmente durante el invierno y las fiestas navideñas. Conservar la Rabique significa, por tanto, mantener disponible un ingrediente ligado a recetas transmitidas entre generaciones.

El Banco de Germoplasma Hortícola de Zaragoza conserva alrededor de 18 mil 500 entradas para proteger la diversidad genética de los cultivos.

El abandono de las huertas amenaza la diversidad agrícola

El rescate de estas semillas ocurre en un contexto de pérdida de población rural y reducción de las huertas familiares. Panzano pertenece al municipio de Casbas de Huesca y se encuentra a unos 29 kilómetros de la capital provincial.

Los datos citados por Xataka muestran que la localidad pasó de 58 habitantes en 1991 a una estimación de 28 en 2025. La disminución de población se suma a problemas como la falta de relevo generacional, el abandono de terrenos agrícolas y la desaparición de prácticas tradicionales.

Ferrer ha documentado estas dificultades durante sus recorridos por la región, donde comenzó a buscar y registrar semillas locales en 2017. Su trabajo incluye un mapa de legumbres y hortalizas de Aragón que reúne más de 100 variedades distribuidas por las 33 comarcas de la comunidad.

También ha participado en la recuperación del cebollón de Torres de Alcanadre, otro producto agrícola tradicional. Para el especialista, la reducción del número de agricultores y hortelanos dificulta que las variedades locales continúen cultivándose y transmitiéndose.

Por qué conservar una variedad no es lo mismo que preservar una especie

Las calabazas de Panzano y Rabique pertenecen al género botánico Cucurbita. Su singularidad no radica en ser especies separadas, sino en los rasgos que las distinguen de otras variedades y que se han mantenido mediante la selección de semillas a lo largo de muchas generaciones.

Cuando una variedad deja de cultivarse y no se conservan sus semillas, puede perderse esa combinación genética particular. La desaparición no implica necesariamente que se extinga toda la especie de calabaza, sino que se pierde una línea agrícola con características propias.

Este proceso forma parte de un problema más amplio: la reducción de la diversidad de los cultivos. Las variedades locales pueden ser reemplazadas por otras más uniformes, seleccionadas para responder a necesidades comerciales o productivas específicas.

En el caso de las calabazas gigantes, por ejemplo, muchas variedades de gran tamaño descienden de la Atlantic Giant, patentada por Howard Dill en 1979. Las variedades tradicionales como la amarilla de Panzano representan una historia de selección distinta, ligada a las necesidades y los conocimientos de las comunidades que las cultivaron.

El banco de semillas de Zaragoza conserva miles de variedades

En Aragón, una de las instituciones dedicadas a frenar la pérdida de diversidad agrícola es el Banco de Germoplasma Hortícola del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón (CITA), creado en 1981 en Zaragoza.

De acuerdo con los datos recogidos por Xataka, el banco conserva alrededor de 18.500 entradas de más de 450 especies. Su objetivo es mantener material vegetal que permita preservar la diversidad genética de los cultivos y evitar que las variedades locales desaparezcan al ser sustituidas por otras mejoradas, más uniformes y con una base genética más limitada.

Las semillas almacenadas pueden mantenerse en condiciones controladas para prolongar su conservación. Sin embargo, preservar semillas en una instalación especializada y mantener una variedad en cultivo son acciones complementarias: el cultivo permite continuar observando sus características y conservar los conocimientos asociados a su uso.

El abandono de las huertas rurales amenaza la diversidad agrícola y pone en riesgo cultivos tradicionales transmitidos entre generaciones.

La recuperación del melón de Torres de Berrellén demuestra que es posible

La recuperación del melón tradicional de Torres de Berrellén, en Zaragoza, ofrece un ejemplo de cómo las semillas conservadas pueden ayudar a rescatar un cultivo que dejó de producirse.

La localidad fue conocida por sus melones hasta la década de 1960, pero la variedad local dejó de cultivarse. El proyecto de recuperación comenzó en 2015 y cobró impulso cuando se encontraron semillas guardadas en un granero.

Después de una década de selección, la variedad fue inscrita en marzo de 2025 en el Boletín Oficial del Estado (BOE) como variedad de conservación. Ese año, el CITA distribuyó 6.100 semillas para impulsar nuevamente su cultivo, mientras otras permanecieron almacenadas en cámaras a una temperatura de -18 °C.

El caso muestra que recuperar una variedad requiere tiempo, selección y trabajo especializado, además de semillas que hayan logrado conservarse.

La entrega de las calabazas de Panzano y Rabique busca abrirles una oportunidad similar. Su continuidad dependerá de que las plantas puedan reproducirse y de que existan personas dispuestas a cultivarlas, conservar sus semillas y mantener vivos los usos agrícolas y gastronómicos que las han distinguido durante generaciones.

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