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Once países africanos llevan 18 años construyendo una muralla viva de 8 mil kilómetros de árboles para frenar el avance del desierto del Sahara pero solo han logrado completar el 18 por ciento del proyecto

El proyecto conocido como la Gran Muralla Verde busca recuperar tierras fértiles, dar empleo a 10 millones de personas y evitar el desplazamiento masivo de 250 millones de habitantes antes del año 2050

Once países africanos llevan 18 años construyendo una muralla viva de 8 mil kilómetros de árboles para frenar el avance del desierto del Sahara pero solo han logrado completar el 18 por ciento del proyecto

En medio del continente africano se está construyendo, desde hace casi dos décadas, uno de los proyectos ambientales más ambiciosos en la historia de la humanidad. Once países decidieron unir esfuerzos para plantar una muralla viva de árboles que recorrerá 8 mil kilómetros de longitud y atravesará el continente de oriente a occidente, desde Yibuti hasta Senegal, con un objetivo claro: detener el avance del desierto del Sahara hacia las zonas verdes del sur.

De acuerdo con la información publicada por el diario La Nación, este proyecto se conoce como la Gran Muralla Verde y comenzó a desarrollarse en 2007. En 2021, durante la cumbre climática de París, organismos como la Unión Europea, el Banco Mundial y la Unión Africana se comprometieron a invertir 14 millones de dólares adicionales para acelerar las plantaciones. La iniciativa también ha inspirado a otros países, como China, que decidió replicar el modelo con un megabosque artificial propio.

Sin embargo, 18 años después del arranque del proyecto, los resultados están muy lejos de las expectativas. La propia Unión Africana reconoció que hasta el momento solo se ha completado el 18 por ciento de la meta planteada, y miles de millones de dólares destinados al proyecto se diluyeron en problemas de gestión, corrupción y los sucesivos golpes de Estado que han sacudido a la región.

¿Qué es exactamente la Gran Muralla Verde de África?

La Gran Muralla Verde es un proyecto continental que busca crear una barrera natural compuesta por árboles, vegetación nativa y zonas restauradas, capaz de detener la expansión del desierto del Sahara hacia el sur. La idea es muy simple en su concepto: si el desierto avanza porque los suelos se degradan y los bosques desaparecen, entonces sembrar y proteger una franja verde continua puede revertir ese proceso.

El recorrido planeado abarca 8 mil kilómetros de longitud, atravesando 11 países africanos que comparten una característica común: todos colindan con la región del Sahel, una franja semiárida que separa al Sahara de las sabanas tropicales más al sur. Esta región es una de las más vulnerables del planeta frente al cambio climático y la desertificación.

El proyecto plantea metas concretas a alcanzar para el año 2030. Entre ellas se encuentran restaurar 100 millones de hectáreas de tierras actualmente degradadas, capturar 250 millones de toneladas de carbono de la atmósfera y crear 10 millones de empleos verdes para los habitantes de la región, que en su mayoría dependen de la agricultura para sobrevivir.

¿Por qué es tan urgente frenar el avance del Sahara?

Los datos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) son contundentes. El área que separa al desierto del Sahara de la sabana africana se está secando a un ritmo cada vez más acelerado, con un aumento promedio de las temperaturas de 1.5 grados centígrados por encima de la media global durante el último siglo. Este calentamiento ha provocado que la desertificación avance entre 45 y 60 centímetros por año.

Si este proceso no se revierte, las consecuencias serían devastadoras a escala humana. Las proyecciones indican que antes del año 2050, cerca de 250 millones de personas tendrían que abandonar sus hogares en África central y migrar hacia otras ciudades o países para poder sobrevivir. La pérdida de tierras fértiles también pondría en jaque la seguridad alimentaria de millones de familias que dependen directamente del cultivo para alimentarse.

El impacto ambiental es igual de significativo. Una sola hectárea de tierra recuperada con vegetación puede retener hasta 500 toneladas de dióxido de carbono de la atmósfera y dar de comer a entre tres y cinco familias de la zona. La escala del proyecto, multiplicada por millones de hectáreas, representaría un golpe directo contra el cambio climático a nivel global.

¿Qué países han logrado mejores resultados hasta ahora?

Aunque el panorama general es complicado, algunos países han demostrado que con las estrategias correctas sí es posible avanzar. Etiopía es el caso más destacado, ya que logró restaurar 15 millones de hectáreas de tierras degradadas usando una técnica más sencilla y económica que la siembra masiva de árboles nuevos: simplemente cuidaron y podaron los árboles que crecían de forma natural en la zona y previnieron la tala ilegal.

Esta técnica, conocida como regeneración natural asistida, ha demostrado ser mucho más eficiente porque las plantas que ya están adaptadas al suelo resisten mejor las sequías y no requieren los enormes recursos hídricos que sí exigen las plantaciones nuevas. El éxito etíope se ha convertido en un modelo a replicar en otros países del proyecto.

Senegal también ha mostrado avances importantes, con 12 millones de árboles plantados a lo largo de su territorio, mientras que Nigeria logró recuperar 5 millones de hectáreas en su frontera norte. Estos resultados, aunque parciales, han permitido que miles de agricultores aseguren terrenos productivos por más años y mantengan a sus comunidades en sus lugares de origen.

¿Por qué el proyecto avanza tan lento si tiene tanto financiamiento?

Aquí es donde aparece la cara menos visible de la Gran Muralla Verde. Según información de la agencia de noticias NPR retomada por La Nación, 18 años después del arranque del proyecto, solo se ha conseguido plantar un puñado de hectáreas del total previsto. La razón principal es el mal manejo de los fondos destinados por las organizaciones internacionales.

Miles de millones de dólares que llegaron como apoyo terminaron diluyéndose en casos de corrupción y en los sucesivos golpes de Estado que han desestabilizado políticamente a varios de los países involucrados. El proyecto avanzó hasta el año pasado con un presupuesto acumulado de 31 mil millones de dólares, una cifra enorme que sin embargo no se ha traducido en resultados tangibles sobre el terreno.

En muchas comunidades donde sí se llegaron a plantar árboles, las plantas están muriendo por falta de mantenimiento. No hay dinero suficiente para mantener funcionando las bombas de agua ni para reparar la maquinaria de riego que se necesita en una región tan árida. El resultado es un efecto dominó que deja a millones de familias dependiendo de un sistema cada vez más frágil.

¿Cuántas personas dependen hoy del éxito de este proyecto?

Las cifras de la ONU revelan la magnitud del desafío humanitario detrás del proyecto. En este momento, más de 135 millones de personas en la región del Sahel dependen directamente de tierras degradadas para sobrevivir. Esto significa que ya viven en territorios con bajos niveles de productividad agrícola y enfrentan condiciones cada vez más difíciles para alimentar a sus familias.

A esta crisis ambiental se suma una serie de problemas sociales que se retroalimentan entre sí. La inseguridad alimentaria aumenta porque los cultivos rinden menos cada año, la migración se intensifica porque las familias buscan zonas más habitables, el terrorismo se expande aprovechando la debilidad institucional de los estados afectados y los conflictos por los recursos naturales, especialmente el agua, se multiplican entre comunidades vecinas.

La Gran Muralla Verde fue presentada en su momento como una respuesta integral al cambio climático y como un mecanismo para asegurar el bienestar de los 11 países implicados. Sin embargo, los resultados escasos hasta ahora han generado preocupación entre los expertos y han abierto el debate sobre si el modelo necesita replantearse para enfocarse en estrategias más simples, descentralizadas y comunitarias, como la que aplicó Etiopía.

¿Qué pasaría si el proyecto realmente se completara?

Si los 11 países lograran cumplir las metas planteadas para el año 2030, el impacto sería transformador para todo el continente africano y tendría repercusiones a nivel global. Entre los beneficios principales se encuentra la recuperación de tierra fértil, que permitiría que millones de familias vuelvan a cultivar sus propios alimentos y reducir la dependencia de la ayuda humanitaria internacional.

También se generarían oportunidades económicas reales para la población más joven del continente, que es la más afectada por el desempleo y la falta de futuro en sus comunidades de origen. El proyecto contempla la creación de 10 millones de empleos verdes vinculados a la siembra, el cuidado de los árboles, la gestión del agua y el ecoturismo en las zonas recuperadas.

Otro beneficio fundamental sería la seguridad alimentaria para los millones de personas que actualmente pasan hambre cada día en la región. Y, finalmente, se lograría una resiliencia climática real para una zona donde las temperaturas están aumentando más rápido que en cualquier otro lugar del planeta, lo que permitiría que los habitantes se queden en sus territorios en lugar de verse forzados a migrar.

El reto, por ahora, sigue siendo cómo lograr que los recursos lleguen efectivamente al terreno, cómo blindar el proyecto contra la corrupción y cómo combinar las técnicas modernas de reforestación con el conocimiento ancestral de las comunidades locales, que muchas veces resultan ser las soluciones más sostenibles a largo plazo.

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