Nueve ancianos de entre 84 y 94 años optaron por dejar de vivir solos y mudarse juntos a un modelo de convivencia comunitaria que busca reducir el aislamiento y ofrecer compañía sin perder independencia
El proyecto combina viviendas privadas con espacios compartidos y una rutina construida por los propios residentes, como una alternativa a las residencias tradicionales y al aislamiento, en un contexto de envejecimiento acelerado y aumento de personas mayores que viven solas.

FRANCIA — La soledad en la vejez se ha convertido en un problema silencioso en Europa. Cada vez más personas mayores viven solas, con redes sociales reducidas y pocas oportunidades de convivencia diaria.
Ante ese escenario, nuevos modelos de vivienda compartida buscan ofrecer una alternativa intermedia entre el hogar individual y las residencias tradicionales.
En el suroeste de Francia, nueve personas de entre 84 y 94 años tomaron una decisión poco habitual: mudarse juntas para compartir su día a día y combatir el aislamiento.
La iniciativa no responde a una emergencia médica ni a una situación de dependencia severa. Todos los residentes mantienen un alto grado de autonomía y participan activamente en las decisiones cotidianas del proyecto.
El proyecto es gestionado por la empresa Domani y funciona como un punto intermedio entre vivir solo y entrar a una residencia tradicional.
Un modelo pensado para convivir sin perder independencia
El lugar, llamado Balcon des Pêcheurs, opera desde febrero de 2023 y está ubicado en Mimizan. Ahí viven actualmente nueve personas mayores que decidieron compartir su día a día en un entorno diseñado para fomentar la convivencia.
El edificio está diseñado para combinar espacios privados y zonas comunes. Cada residente cuenta con su propio apartamento, con baño y área personal, mientras que las parejas disponen de viviendas más amplias.
Los departamentos individuales tienen entre 25 y 30 metros cuadrados, lo suficiente para mantener privacidad sin aislarse del resto del grupo.
Además, el inmueble incluye cocina compartida, comedor, sala de estar y áreas comunes, pensadas para fomentar la convivencia sin imponerla.
La lógica es clara: compartir cuando se quiere y retirarse cuando se necesita, sin reglas rígidas ni horarios obligatorios.
La vida diaria como eje del proyecto
Uno de los momentos centrales del día es la comida. No existe un menú institucional ni turnos forzados.
Los propios residentes eligen los platillos y participan en la preparación, con el apoyo de personal que acompaña las tareas cuando es necesario.
Este momento se ha convertido en un espacio clave de socialización, donde se conversa, se toman decisiones colectivas y se refuerza el sentido de comunidad.

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Más que vivienda, una respuesta a la soledad
El proyecto busca responder a una realidad creciente: el envejecimiento de la población y el aumento de personas mayores que viven solas.
Para muchos, la opción de una residencia tradicional no resulta atractiva, ya sea por el costo, la pérdida de autonomía o la rigidez del modelo.
La convivencia comunitaria aparece así como una alternativa que prioriza el acompañamiento, la autonomía y la vida social, sin medicalizar la vejez.
La experiencia desde dentro
Los propios residentes describen la experiencia de forma positiva. Algunos la comparan con unas vacaciones prolongadas; otros dicen que es “mejor que un campamento de verano”.
Actualmente, el grupo está formado por tres hombres y seis mujeres, todos entre 84 y 94 años, que encontraron en esta convivencia una forma distinta de envejecer acompañados.
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