Millones de gatos y perros domésticos están alterando ecosistemas y poniendo en riesgo a la fauna silvestre
Expertos alertan que millones de mascotas cazan, desplazan y alteran ecosistemas locales, mientras la legislación europea sigue sin abordar el problema de fondo.
La presencia de mascotas en los hogares europeos ha crecido de forma significativa en las últimas décadas, con un aumento acelerado tras la pandemia de COVID-19, llevando a un fenómeno que va más allá de la convivencia humano-animal: el impacto de estas mascotas en la biodiversidad local.
Según estimaciones recientes, alrededor del 44 % de los hogares en la Unión Europea tiene al menos un animal de compañía, principalmente perros y gatos, que suman millones de individuos en el continente.
Este incremento ha profundizado un conflicto entre dos objetivos relevantes pero no siempre alineados:
- la defensa del bienestar de los animales domésticos, y
- la conservación de la vida silvestre y los ecosistemas naturales.
Crecimiento de la población de mascotas y presión sobre la fauna silvestre
El boom de las mascotas en Europa no solo significa más animales en los hogares. Perros y gatos que pasan tiempo en libertad o que se asilvestran pueden afectar directamente a las poblaciones de fauna silvestre.
Estudios científicos han documentado que los gatos domésticos, incluso bien alimentados, cazan aves y pequeños vertebrados, provocando impactos negativos en la fauna urbana y periurbana.
Además, el fenómeno de mascotas asilvestradas —animales que escapan o son abandonados por sus dueños— puede crear poblaciones autosuficientes en la naturaleza. Estas poblaciones compiten por recursos y espacios con especies nativas y pueden convertirse en invasoras que amenazan directamente a la biodiversidad local.
Un ejemplo visible de estos conflictos son las colonias de loros asilvestrados presentes en varias ciudades europeas, que compiten con aves nativas por lugares de nidificación y alimento.
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El conflicto jurídico y ambiental en la Unión Europea
Parte del problema está en que la legislación europea en materia de bienestar animal y la legislación de conservación de la naturaleza no siempre están coordinadas. Mientras que las directivas ambientales han protegido hábitats y especies silvestres por décadas, las normas específicas sobre animales de compañía son recientes y todavía insuficientes para abordar impactos transversales.
Ese vacío ha generado un conflicto jurídico y social: ¿cómo regular la presencia de mascotas de modo que no afecten los ecosistemas naturales y, al mismo tiempo, se mantenga el bienestar de los animales domésticos?
Expertos en conservación y bienestar animal coinciden en que se necesitan marcos legales más robustos y coordinados a nivel de la UE, que consideren tanto la protección legal de los animales como el impacto ecológico de su presencia fuera de los hogares.
Iniciativas y propuestas de regulación
Ante esta problemática, organizaciones europeas han impulsado propuestas para crear una “lista positiva” de especies permitidas como mascotas, es decir, un listado de animales que puedan mantenerse en hogares sin poner en riesgo la fauna silvestre ni la salud pública.
Este tipo de sistema ya ha sido implementado en países como los Países Bajos, donde una lista de este tipo regula qué especies pueden ser criadas y vendidas como mascotas.
Además, la Unión Europea trabaja dentro de su Estrategia de Biodiversidad 2030 para reforzar la coordinación legal y proteger al menos el 30 % de las zonas marinas y terrestres en la región, lo que incluye la gestión de espacios donde las mascotas libres puedan interactuar con la fauna local.
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Responsabilidad de los propietarios para equilibrar bienestar y naturaleza
El desafío no solo es legal o institucional, sino también social. El aumento de mascotas exige una mayor responsabilidad por parte de los dueños, como mantener bajo control a los gatos y perros fuera de zonas naturales protegidas, evitar abandonos y promover buenas prácticas de convivencia con la vida silvestre.
Si no se toman medidas, advierten especialistas, el continente corre el riesgo de ver reducida aún más su biodiversidad local y un desequilibrio ecológico que podría tener efectos duraderos sobre las especies autóctonas.
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