Tenochtitlan tenía agua potable, drenaje, canales navegables y un sistema para separar agua dulce de salada hace 700 años, mientras Londres y París todavía tiraban sus desechos a los ríos de los que bebían
Antes de que existiera la Ciudad de México, en ese mismo lugar había una urbe con una infraestructura hidráulica que maravilló a los conquistadores españoles y que en varios aspectos superaba a cualquier ciudad europea del siglo XVI. Esta es la historia de cómo los mexicas convirtieron un lago en la ciudad más sofisticada del mundo
En el centro del lago de Texcoco, sobre un islote rodeado de agua salada, los mexicas fundaron en 1325 una ciudad que dos siglos después se convertiría en la más grande del mundo occidental.
Para el siglo XVI, Tenochtitlan albergaba aproximadamente 700,000 habitantes, lo que la convertía en la tercera ciudad más poblada del planeta, solo detrás de Pekín y Hangzhou en China. En ese mismo momento, Estambul tenía 300,000 habitantes y Sevilla apenas 250,000.
El problema era el entorno. La ciudad estaba rodeada de agua salada, sin tierra firme cercana, sin ríos de agua dulce y con el constante riesgo de inundaciones. Resolver ese problema produjo uno de los sistemas de ingeniería hidráulica más avanzados que el mundo había visto hasta entonces.
¿Cómo llevaban agua potable a una ciudad rodeada de agua salada?
El lago de Texcoco era salobre. Su agua no se podía beber. Ese era el desafío central que los ingenieros mexicas tuvieron que resolver para que la ciudad creciera.
La solución principal fue el acueducto de Chapultepec, cuya construcción inicial data de 1381. Transportaba el agua de los manantiales ubicados en las laderas del cerro de Chapultepec, en el borde occidental del lago, hasta el centro de Tenochtitlan.
Pero lo que realmente sorprendió a los conquistadores españoles no fue que hubiera un acueducto, sino cómo estaba construido.
El acueducto tenía doble caño: dos tuberías paralelas que corrían simultáneamente. Mientras una estaba en uso y abastecía a la ciudad, la otra se limpiaba y se mantenía. Cuando la primera necesitaba mantenimiento, se cerraba y se abría la segunda. La ciudad nunca se quedaba sin agua.
Cortés y sus capitanes, acostumbrados a los sistemas de abastecimiento europeos de la época, no tenían un equivalente de esa sofisticación en ninguna ciudad del Viejo Continente.
¿Cómo separaban el agua dulce del agua salada?
Este es uno de los logros de ingeniería más notables de Tenochtitlan y uno de los menos conocidos.
La ciudad estaba rodeada de agua, pero no toda era igual. El lago de Texcoco era salino, mientras que los lagos de Xochimilco y Chalco, al sur, eran de agua dulce. Los mexicas construyeron la albarrada de Netzahualcóyotl, un dique de varios kilómetros de longitud que separaba físicamente ambos tipos de agua, evitando que la salada contaminara la dulce y que las inundaciones arrasaran la ciudad.
La calzada de Iztapalapa cumplía una doble función: era simultáneamente una vía de acceso terrestre a la ciudad y un extenso dique que separaba las aguas salinas de las dulces, con canales a ambos lados que servían para el transporte de recursos.
Esa separación no era solo funcional. Era el fundamento que hacía posible la agricultura, el abastecimiento y la supervivencia de una ciudad de 700,000 personas construida sobre el agua.
¿Cómo funcionaba el sistema de canales dentro de la ciudad?
Tenochtitlan no tenía calles en el sentido europeo del término. Tenía canales.
Las vías acuáticas eran altamente transitadas por canoas, empleadas como método principal de transporte entre la población. Las chinampas y la mayoría de las viviendas conectaban directamente con acequias para los servicios diarios. Las calles mixtas, que combinaban un carril terrestre y un canal contiguo, tenían anchos considerables. La vía que hoy corresponde aproximadamente a la calle 16 de Septiembre en el Centro Histórico de la Ciudad de México tenía 7.5 metros de ancho en el carril acuático y 5 metros en el terrestre.
El sistema hidráulico incluía compuertas operadas por personas que ajustaban su posición para regular el flujo de agua hacia dentro o fuera de la ciudad según la época del año, la temporada de lluvias y las necesidades de cada zona.
¿Qué eran las chinampas y cómo alimentaban a tanta gente?
Las chinampas eran islas artificiales de tierra construidas sobre el lago, sostenidas por estacas de madera y raíces de áhuejote, el árbol del sauce. Cada chinampa era atravesada por canales que le llevaban agua dulce de forma constante, lo que las convertía en tierras de cultivo extraordinariamente fértiles, capaces de producir varias cosechas al año.
Maíz, frijol, calabaza, chile, tomate y flores se producían en esas islas flotantes con una eficiencia agrícola que ningún sistema europeo de la época podía igualar. Las chinampas eran también la razón por la que una ciudad construida sobre el agua podía alimentar a casi un millón de personas.
El sistema de chinampas representó el punto culminante de la agricultura hidráulica en la cuenca de México e incluía calzadas-dique, albarradones, defensas contra inundaciones, sistemas de drenaje y canales para conducir agua dulce de forma integrada.
¿Tenían también drenaje y manejo de aguas residuales?
Sí, y eso es lo que más distingue a Tenochtitlan de sus contemporáneas europeas.
Los aztecas utilizaban tuberías de cerámica para transportar y evacuar el agua de manera controlada. Estas tuberías no solo proporcionaban agua potable a la población sino que también se integraban en un sistema de alcantarillado que permitía la gestión eficiente de aguas residuales.
En ese mismo período, las ciudades europeas más grandes del mundo, incluyendo Londres, París y Madrid, vertían sus desechos directamente a los ríos de los que también obtenían su agua potable. Las epidemias de cólera y disentería que asolaban Europa durante siglos tenían en esa práctica su principal causa. En Tenochtitlan, el agua potable y las aguas residuales nunca se mezclaban.
¿Qué pensaron los conquistadores españoles cuando la vieron?
La reacción de los españoles al ver Tenochtitlan por primera vez está documentada en sus propias crónicas y es reveladora.
El conquistador Bernal Díaz del Castillo escribió en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España: “Al ver tantas ciudades y pueblos construidos en el agua, nos quedamos admirados. Hubo quienes pensaron que se trataba de un hechizo. Otros se preguntaban si todo eso no sería un sueño.”
Cortés y sus capitanes compararon la ciudad con Venecia, pero reconocieron que era más grande y más organizada que cualquier ciudad italiana que conocieran. Lo que más los desconcertó fue el acueducto de doble caño: ninguna ciudad europea de la época tenía un sistema de abastecimiento de agua con mantenimiento continuo garantizado.
¿Qué pasó con toda esa infraestructura después de la Conquista?
Durante el sitio de 1521, Cortés ordenó romper la albarrada de Netzahualcóyotl para abrir paso a sus bergantines. Esa decisión destruyó el sistema que separaba el agua dulce del agua salada y que protegía a la ciudad de las inundaciones. Luego de la guerra, muchas acequias fueron rellenadas con piedras de los edificios destruidos, transformándolas en calles y avenidas.
Las consecuencias de esa destrucción no tardaron en manifestarse. Sin la albarrada, la cuenca comenzó a inundarse de forma recurrente. Sin los canales, el drenaje urbano desapareció. Sin las chinampas, la capacidad agrícola colapsó.
Las regiones de mayor hundimiento en la Ciudad de México actual corresponden exactamente a las zonas donde se rellenaron los antiguos cuerpos de agua prehispánicos. El hundimiento que hoy afecta al Centro Histórico y otras zonas de la capital comenzó cuando se destruyó el sistema lacustre que los mexicas habían gestionado durante siglos.
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